Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Augusto Soto Rozas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Augusto Soto Rozas. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de enero de 2010

SIEMPRE DIGNOS

Por Karina Olivares


Hay un acuerdo. Un pacto secreto y turbio. Despojarte de lo último que tienes para hacerlo de ellos. Algo que podría ser el Alma, la alegría, lo que los viejos políticos llamaban “Dignidad”.

Y la historia se repite. Porque la historia no es lineal, sino circular. Desde que el hombre es hombre y piensa, desde que sabe que tiene poder supremo por el solo hecho de producir materiales a partir de su pensamiento racional. Desde que sabe que puede sentir más allá de los animales.

Entonces aparece el estuto. El sagaz que cree poder doblegar la libertad personal. El astuto de siempre, aquel que cambia de nombre a través de la historia, pero que sigue siendo el mismo lobo con piel de oveja. En tanto los demás, pastoreados desde su nacimiento, flanquean dificultades para conseguir pastito más verde, alimento, descanso y ciertos espacios de diversión y seguridad que llaman felicidad.

Camuflado en sus diversos ropajes el astuto siempre acecha. Al aguaite de aquel que se aleje del rebaño unos pasos más allá, lanza su zarpazo sustrayendo al pobre rebelde a su destino cierto.

Pero tiene miedo. El astuto teme ser descubierto en su fragilidad de matón de barrio. Por eso hay que ganarle dándole donde más le duele, mostrándole aquel atributo inherente de todo aquel que nace ser humano, ese atributo que se llama “Dignidad”.

La dignidad de la señora que parte de su casa a las 5 de la mañana, con su carrito a cuestas, para vender sopaipillas a la salida del Metro, porque no espera que su marido, o quien sea, le traiga la platita o el bono de temporada para que coman sus cabros chicos.

La dignidad del trabajador que no baja la cabeza cuando entra a la oficina “deluxe” de su jefe, porque sabe que en el fondo, él siempre será dueño de su más preciada herramienta, su mano de obra.

La dignidad de la gente que no se deja seducir por las liquidaciones pre eleccionarias, que camufladas en promesas, nunca van a cumplirse. Ellos saben que hay un diseño y que en ese diseño tampoco están incluidos, ni ahora ni en ese incierto mañana discursivo.

La dignidad de quien esta tarde, escuchando su insistente voz interna, agarró sus cuatro pilchas y abandonó la casa que compartía con quien nunca será feliz.

La dignidad de mi abuelo Joaquín Órdenes, dirigente sindical de la industria del cuero y calzado allá por los años 50, quien sin saberlo me traspasó en los genes, que nunca había que achicarse ante ningún ñato y que se es valioso por el solo hecho de haber nacido persona.

O la dignidad de Carlos, el indigente de mi barrio muerto el año pasado y que aún en su sopor alcohólico de 24 horas, conocía más que nadie sus derechos y los exigía.

La dignidad de quien no cede espacios a la manipulación, al ninguneo, al abuso o a la falta de respeto del que cree que nacimos ayer. O peor aún, que no tenemos memoria.

La alta dignidad de quien se reconoce miembro de una sociedad con historia, donde muchos han recorrido, construido y hablado el mismo lenguaje que algunos hoy quieren hacer parecer como novedoso o la última chupada del mate en materia social.

En medio del ofertazo político de esta última semana, me quedo con los viejos, que miran sin que se les mueva una ceja, el devenir de nuestros destinos sociales y políticos.

Total ellos ya vienen de vuelta, no pierden nada porque quizás lo perdieron todo y todo lo ganaron al fragor de la vida misma. A otros se les puede mentir. A otros intentar seducir con lo que mi abuelo hubiera llamado cohecho.

Me quedo con los obreros o la asesora del hogar que cada día se levanta y acuesta sabiendo que lo que trabajaron hoy les sirvió para el té con pancito y mantequilla, que felices disfrutaran en la mesa de siempre con sus hijos.

Me quedo con los humildes, con los sencillos, siempre dignos después de todo.

martes, 19 de mayo de 2009

CARLITOS

Por Karina Olivares


“Esos derrotados son el ícono de algo muy grande.
y los habitantes presentes y futuros deben saberlo,
tal como los judíos conocen su Holocausto” (José Ángel Cuevas, Poeta)



Hubiera preferido no adentrarme en esta historia. Dejarla ahí y no vestir a este personaje con mis palabras. Pero hace tiempo quería hacer esta crónica. Un poco para darle un lugar literario a esta vida de novela que me tocó conocer gracias a mi trabajo y con la que ahora desde lejos reflexiono. Porque finalmente, la única solución que pude darle es ésta: la mirada literaria.

Una mirada que permite revestir cientos de experiencias dramáticas y reencantarlas. Aquellas que por difíciles no tienen cabida en ningún circuito teórico-práctico que permita entenderlas humanamente, aunque los científicos de lo social se esfuercen día a día en crear nuevos paradigmas y conjeturas para el trabajo diario. En ese espacio de la nada donde se ausenta lo humano, aparece una “socio-poética” como la he llamado.

Y esta categoría podría aplicarse para entender a los seres humanos que han optado o han sido llevados a vivir en la calle. Los indigentes, aquellos diurnos invisibles que conviven en este espacio social (callejero, barrial) haciéndonos recordar la falta de entendimiento mutuo, la saturación de este sistema y el olvido casi obligado de algunas vivencias que podrían enriquecer nuestro pasar aquí al interior de las grandes ciudades.

La vida de Carlitos es casi un guión de la más inquietante historia donde se entrecruza el niño herido que fue y lo que es ahora a sus gastados 54 años: Un indigente que aún en su sopor alcohólico de 24 horas, reclama una dignidad a toda prueba. Un botado paria que circula, sin embargo, con la dispuesta y atenta servidumbre de algún vecino bien de su Villa.

A Carlos lo conocí hace años por los constantes reclamos de los vecinos de su barrio. Estaban cansados de su presencia perturbadora. De su vivir inhumano con perros de compañía. Del foco de infecciones que era su casa. Y de su ingesta excesiva de alcohol con la cual tantas veces rozó la muerte sin conseguirlo. Un hombre en completo abandono.

A él había que llevárselo a toda costa. Rehabilitarlo o dejarlo en un hogar. Porque no podía seguir así: “No podemos, como vecinos, verlo morir poco a poco en la puerta de su casa” me decían. Pero lo único que él siempre ha querido es que lo dejen tranquilo.
Y este “dejarlo tranquilo” implica desde fuera abandonar la idea de ayuda, de asistencia tal como la hemos conocido tradicionalmente. Porque todas mis prácticas nunca me sirvieron para ayudarlo a que dejara de ser quien es. (Que extraño suena). Porque pese a mi erróneo empeño sigue ahí imperturbable. Siendo quien quiere ser, en la calle que es su patria-paria. En su hogar-vacío. Donde nadie más puede herirlo.

Allí está siempre Carlitos. Durante el día en medio del tránsito vehicular algún vecino con tiempo escucha un interminable reclamo que siempre está dispuesto a reabrir. Y es interesante sentarse a escucharlo porque en su complejidad de hombre herido, se esconden conexas líneas que me trasladan a este experimento que es Chile ahora, donde algunos quedaron rayando con la epopeya de lo antiguo. En la herida que nunca cerró. En otro cielo o infierno particular. En lo que alguna vez tuvo sentido y que ahora "se ahoga" en el último sorbo de vino en caja.

Salta una pulga de su solapa. Y sigue hablando. Su hedor es perceptible a una cuadra. Pero es un vecino querido. Son muchos años viviendo entre la calle y su casa. Siendo el consentido de sus vecinos que lo reconocen como un sobreviviente. Una estrella de rock en el ocaso de su locura. Un pobre hombre que no quiere ser ayudado. O la prueba palpable de la miseria de un país que no tiene tampoco cómo entenderlo. Ni quiere.

En Carlitos encuentro el resumen de una vida fraccionada en algún momento imperceptible después de su nacimiento, a mediados de la década del 50. Se cuenta que fue adoptado por una familia de clase media, con un cabeza de familia llamado padre que nunca lo quiso y que lo maltrató en grados indecibles para un niño. El culmine fue cuando le dijeron que era adoptado, una revelación hecha así no más, sin anestesia, de golpe. Eso lo derrumbó.

Luego toda su vida fue vertiginosa, sicodélica, tormentosa. Para qué hablar de sus años de juventud perdidos tras el caos social del período de dictadura. Mejor olvidar. Y las drogas que solo fueron un escape a la angustia existencial de no tener una razón de ser. Un no pertenecer a nadie y que nada te pertenezca. Salvo la casa de esta familia que lo adoptó y en la cual con el paso de los años, fue quedando solo en su indefensión de hombre herido.
Solo, porque todos se fueron. Dejando como herencia la casa a la cual se aferra con toda su humanidad. Está ahí al parecer a la espera de que alguien vuelva a pedirle perdón. Pero nadie de su familia viene. Salvo un par de hermanas que le exigen el derecho a vender esta casa que ya nadie querría. Transformada como está, en su putrefacta trinchera.

El pegado long play de Carlitos son sus daños. Un disco rayado que solo él sigue escuchando. Para él quizás, todos somos culpables de haberle dado esta familia que nunca lo cuidó, de no haber reparado a tiempo sus oscuros daños infantiles y querer ahora intervenir en su adultez sobreviviente como pudo. O de su soledad querer rescatarlo. O de sus perros quitarle un calor de clásica amistad quiltro-humano.

Pese a todo, su vida es tremendamente coherente en muchos sentidos. Su pasar en alcohol callejero, su permanencia en aquella ruinosa casa. Todo sobrevive a los intentos por sacarlo que alguna vez tuvimos como sistema sanitario. Porque un verano memorable llevaba varios días botado inconciente en la puerta de su casa, dejándose morir en alcohol.

Aquel día, entre personal de salud, carabineros, sacerdote, vecinos, fuimos sumando casi veinte personas intentando convencerlo para que se fuera al hospital. Que tenía que ponerse bien. Que alguien iba a cuidar su casa, alimentar a sus perros. Pero él en todo se negó, dejando en claro que conocía muy bien sus derechos. Porque a Carlitos queríamos sacarlo, llevarlo engañado de sus afectos-efectos que eran su caja de vino tetra, sus perros y su casa. Recuerdo que hasta cigarros pidió a la muchedumbre para pensar si se iba al hospital. Todo un rockstar.

Esa escena fue una verdadera encrucijada: Carabineros de Chile nos decía que como personal de salud no podíamos dejarlo morir ahí sin asistencia. La misma que insistentemente se negaba a recibir. Las vecinas rogando porque de alguna manera, cualquiera, lo convenciéramos de subir a la ambulancia. Cada personaje tenía allí su motivo vital para llevárselo, menos Carlitos.
Y fueron varias horas a la espera del desenlace. Se nos iba, se moría en la puerta de su casa. Finalmente ante la expectación pública un carabinero fogueado en su oficio y con inusitado manejo de crisis, se sienta a su lado y enciende un cigarrillo junto a él. Tras una breve “negociación”, Carlos autoriza su traslado.

Mirar como la ambulancia se llevaba a este hombre fue sobrecogedor para todos. Hubo allí pena, llanto, y alivio en algunos. En el Hospital lo bañaron y le pusieron ropa limpia. Ese día de visita vi a un normalizado Carlitos, imagen irreal que duró solo un par de días. Una conveniente alta precoz lo dejó nuevamente en la calle, donde se reencontró con sus perros, las monedas para la caja de vino y la conversación improvisada sobre su paso forzado por el hospital.

Un abogado me confirmó que no hay razón jurídica para moverlo. Tampoco ha habido nunca motivos psiquiátricos para internarlo. Ni redes en Hogar de Cristo u otras paradigmáticas del indigente, porque está claro que no quiere moverse ni ser ayudado. No quiere nada. Solo ahogar su daño en alcohol, un cigarro o público que solamente lo escuche.


Por eso ahora lo comprendo y lo dejo ser. Acepto aquello que no puedo cambiar en mi soberbia normalista. Porque dejé de temer que un día me dijeran: se murió Carlitos ¿y qué hiciste tú? Dejé de absorber la culpa de los vecinos pudorosos y espectadores pasivos de su transitar. Dejé de pensar y comencé a sentir. Quizás algún día así lo pueda ayudar. O bien él me ayude a mí. Aún más.



En memoria de Carlos Augusto Soto Rozas (1955 - 2009) quien residió en Poeta Juan Guzmán Cruchaga (ex Paipote) esquina Víctor Domingo Silva y sus alrededores, comuna de Macul, Santiago-Chile