miércoles, 10 de marzo de 2010

EFECTOS PERSONALES

Por Karina Olivares


El agua, que alguna vez alguien dijo, sería un bien escaso.
Agua tibia y reconfortante que emerge, a raudales, cuando tomo mis baños matutinos y cuyo gasto poco me importa, o importaba hasta ayer.

Pueda ser que mañana no goce más en esta cierta impunidad que me otorga la puerta cerrada de mi baño blanco. El gozo del agua: uno de mis efectos personales más preciados.

La luz. Eléctrica, incandescente. Tengo miles de ampolletas bajo consumo, que camuflan mi exceso de consumo diario, el mismo que me opongo a disminuir con cientos de justificaciones que mañana no me servirán de nada.

La lavadora. Varios kilos de carga, poderosa. Tambor de acero. Mi ropa impecable, incluso unos pasos más allá lista para poner, gracias a otro efecto personal imprescindible, la secadora. Mi ropa un poco más allá de mi piel, habla de mi yo en silencio.

La cama. Crecí en camas blandas, camas abrigadas en invierno y casi desnudas en verano. Mi cama vuela por las noches, yo con ella sin saberlo, también. Qué sería de mí, sin este espacio vital en el que vivo también, la otra mitad de mi vida.

Los amigos. Extensiones de un yo siempre en construcción. Mis amigos que temieron irse el 27 de Febrero, sin despedidas, de golpe, sin saber cuánto los quería por ser como son y estar en mi vida. Los radiantes amantes de vivir y a los cuales les queda aún mucho por hacer.

"Algunos” de mis efectos personales. No me los quite nadie, ni la poderosa muerte, el destino escrito o la tierra en la que moro, a préstamo, por estos días movidos.

miércoles, 3 de marzo de 2010

LA TRAGEDIA DE LOS PERDEDORES

Por Karina Olivares


No me asombra. El robo televisado, el pillaje, el ingobierno. El terremoto ha desprovisto a Chile de su débil cáscara exitista y nos ha dejado tal cual Dios nos echo al mundo, casi de la misma forma como nos encontró este fatídico 27 de Febrero a las 03.37 de la madrugada.

No me asombra, tampoco me impacta demasiado el hecho, por todos conocido de que Chile, convertido ya en discurso y mitología, está lejos de ser una sociedad desarrollada y menos aún “solidaria”. Más bien, en la desgracia, sabemos que primero han de aflorar todos aquellos atributos sombríos, no asumidos, pero tan ampliamente conocidos en el exterior.

No por nada, un célebre aviso encontrado en un país nórdico versa sobre este rasgo idiosincrásico: “Si ve a un chileno robando, déjelo, es parte de su cultura”. Por cierto, exageraban.

El movimiento telúrico nos ha dejado en pelotas. Porque no solo descubrió el contenido de las casas derruidas, que antes estuvieran protegidas por altos muros o lo que tenemos o tuvimos a nivel material y que hoy se ha llevado ese mar que tranquilo “alguna vez nos bañó”.

Nos despojó también de la falsa creencia de que en momentos de emergencia las instituciones funcionan. No funcionan, tal vez empeoran. Otras instancias podrán funcionar, como las radios o la TV con su amplia cobertura catastrófica.

Porque ahora, después de este sábado y de otros días parecidos en la historia nacional, nada es cierto, todo parece ser relativo. Y en este orden de cosas, emerge casi como la salvación la imagen divinizada de las FFAA, cuya presencia armamentista podrá en última instancia, controlar lo incontrolable, generar un orden a como de lugar o contener la furia del ciudadano anónimo, los olvidados, los perdedores.

Volvemos de esta manera a lo de siempre, al chiste repetido que revela quienes son los verdaderos dueños de la pelota en Chile. Porque ahora no se trata del comunismo o de defender la democracia, se trata de una nueva versión, impresentable, del “no-ciudadano”, los apátridas apoderados de las calles, individuos vulnerables, desequilibrados psíquicos que siguen a la masa amorfa, fronterizos que no lograron “reconvertirse” bajo el alero de políticas públicas que los olvidaron.

El mismo que asalta, incendia o huye con cualquier cosa, so pretexto de evitar el temido “desabastecimiento”, un concepto ahora añejo cuando lo que se lleva la turba no solo son alimentos de primera necesidad, sino toda clase de bienes fuera de toda lógica sensata.

El fenómeno al cual asistimos, no nuevo por cierto, del pillaje, del ladrón de poca monta, del oportunista, nos lleva a pensar sobre la “ciudadanía” que este terremoto ha dejado al descubierto. La no-sociedad, LA FRACTURA que hace posible la aparición y reproducción de estos hechos que forman parte de la más oscura idiosincrasia chilensis.

Se trata, claro está, de apátridas, desintegrados, excluidos en el más puro sentido de la palabra, cuyos canales de ingreso a una sociedad de consumo pasan angustiosamente por la tenencia “a como de lugar” de la lavadora o el TV de pantalla plasma, que convierten en objetos de culto, desplazando con creces los mecanismos tradicionales de inclusión. Criterios de prestigio como lo fueron antaño, la honradez, la probidad o el altruismo como guía del servicio publico o simple solidaridad por deber cívico.

Atrás quedaron los anhelos de abuelos o padres que estaban orgullosos de haber educado a sus hijos “con esfuerzo” o de ser “pobres pero honrados”. En ellos, los vándalos, se reproduce el ansia por llevarse lo que sea, un algo que cosificado, les permitirá aparecer triunfantes en los canales donde esta ciudadanía transgresora se muestra y escenifica.

El logro está en ser, al menos, el anónimo pillo por un día. En convertirse en transgresores imitativos, con escasa o nula organización y con un alto uso de la violencia barrial.

No nos asombre, tampoco nos impacte demasiado el ladronzuelo hecho al fragor de la oportunidad que para ellos “pintan calva”. O la turba descontrolada que asola municipios como el de Hualpen en la gran Concepción. Ellos, los mismos vecinos tal vez, nunca se sintieron o sentirán parte de la institucionalidad que representan estos organismos públicos.

Nada será hoy más importante en esta locura temporal por “ser alguien” a través de ese “algo”, cualquier cosa, que se encuentra en la vitrina antes del terremoto lejana, antes del terremoto, inaccesible.

Para muchos de ellos, la turba ingobernable, será su único reducto de protección hasta que se agote el último objeto, se destruya o quemen los emblemas de poder al cual nunca van a poder optar.

Pasadas las semanas, es muy probable que la turba se desintegre y vuelvan, sus miembros, a una vida sin sentido, al anonimato, al estar por estar sin oportunidades ni horizontes, perdidos como lo han estado siempre en una sociedad mercantilizada, que hoy tiembla en sus cimientos frente a su único y gran enemigo, la siempre desafiante naturaleza.

jueves, 25 de febrero de 2010

...

La mentira no es mi amiga
acaso alguna vez me empeñé en que lo fuera
para distraerme un poco
y no andar de aprendiz
hasta que la muerte viniera.

Pero no concordamos
en aspectos básicos de convivencia
aunque me quiere, me espera
y me lee poemas, la noche entera.

Seductora ella, pone palabras en mi lengua
palabras frágiles que me deja
a ver si caigo
para reírse luego
en mi presencia.

La mentira no es mi amiga,
pero me acecha:
me ronda en los vacíos que dejan
las puertas
las ventanas abiertas
algún contenido de vida
no aprendido
por donde se fuga
la alegría
la inocencia.

Pero consciente estoy
que la lucha sigue siendo férrea
por ganarle a ella
la mentira
cualquiera sea.

Vieja bruja
ángel
demonio
o simple callejera.

Ella se viste con mil rostros
oculta en eso que llaman
tristeza
o miedo
a ver
la propia esencia.

Pero ya no te quiero
más parapetar en mis trincheras
donde guardo
mis frágiles certezas
(lo que soy, lo que fui, lo que era)
donde reina poderosa la reina mentira
en su refugio
en mi cabeza.

domingo, 10 de enero de 2010

SIEMPRE DIGNOS

Por Karina Olivares


Hay un acuerdo. Un pacto secreto y turbio. Despojarte de lo último que tienes para hacerlo de ellos. Algo que podría ser el Alma, la alegría, lo que los viejos políticos llamaban “Dignidad”.

Y la historia se repite. Porque la historia no es lineal, sino circular. Desde que el hombre es hombre y piensa, desde que sabe que tiene poder supremo por el solo hecho de producir materiales a partir de su pensamiento racional. Desde que sabe que puede sentir más allá de los animales.

Entonces aparece el estuto. El sagaz que cree poder doblegar la libertad personal. El astuto de siempre, aquel que cambia de nombre a través de la historia, pero que sigue siendo el mismo lobo con piel de oveja. En tanto los demás, pastoreados desde su nacimiento, flanquean dificultades para conseguir pastito más verde, alimento, descanso y ciertos espacios de diversión y seguridad que llaman felicidad.

Camuflado en sus diversos ropajes el astuto siempre acecha. Al aguaite de aquel que se aleje del rebaño unos pasos más allá, lanza su zarpazo sustrayendo al pobre rebelde a su destino cierto.

Pero tiene miedo. El astuto teme ser descubierto en su fragilidad de matón de barrio. Por eso hay que ganarle dándole donde más le duele, mostrándole aquel atributo inherente de todo aquel que nace ser humano, ese atributo que se llama “Dignidad”.

La dignidad de la señora que parte de su casa a las 5 de la mañana, con su carrito a cuestas, para vender sopaipillas a la salida del Metro, porque no espera que su marido, o quien sea, le traiga la platita o el bono de temporada para que coman sus cabros chicos.

La dignidad del trabajador que no baja la cabeza cuando entra a la oficina “deluxe” de su jefe, porque sabe que en el fondo, él siempre será dueño de su más preciada herramienta, su mano de obra.

La dignidad de la gente que no se deja seducir por las liquidaciones pre eleccionarias, que camufladas en promesas, nunca van a cumplirse. Ellos saben que hay un diseño y que en ese diseño tampoco están incluidos, ni ahora ni en ese incierto mañana discursivo.

La dignidad de quien esta tarde, escuchando su insistente voz interna, agarró sus cuatro pilchas y abandonó la casa que compartía con quien nunca será feliz.

La dignidad de mi abuelo Joaquín Órdenes, dirigente sindical de la industria del cuero y calzado allá por los años 50, quien sin saberlo me traspasó en los genes, que nunca había que achicarse ante ningún ñato y que se es valioso por el solo hecho de haber nacido persona.

O la dignidad de Carlos, el indigente de mi barrio muerto el año pasado y que aún en su sopor alcohólico de 24 horas, conocía más que nadie sus derechos y los exigía.

La dignidad de quien no cede espacios a la manipulación, al ninguneo, al abuso o a la falta de respeto del que cree que nacimos ayer. O peor aún, que no tenemos memoria.

La alta dignidad de quien se reconoce miembro de una sociedad con historia, donde muchos han recorrido, construido y hablado el mismo lenguaje que algunos hoy quieren hacer parecer como novedoso o la última chupada del mate en materia social.

En medio del ofertazo político de esta última semana, me quedo con los viejos, que miran sin que se les mueva una ceja, el devenir de nuestros destinos sociales y políticos.

Total ellos ya vienen de vuelta, no pierden nada porque quizás lo perdieron todo y todo lo ganaron al fragor de la vida misma. A otros se les puede mentir. A otros intentar seducir con lo que mi abuelo hubiera llamado cohecho.

Me quedo con los obreros o la asesora del hogar que cada día se levanta y acuesta sabiendo que lo que trabajaron hoy les sirvió para el té con pancito y mantequilla, que felices disfrutaran en la mesa de siempre con sus hijos.

Me quedo con los humildes, con los sencillos, siempre dignos después de todo.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

LA SANTITA

Por Karina Olivares



Alguna vez, de paso, acampé a orillas del Lago Maihue. Majestuoso espejo de agua perdido en el profundo y espeso sur de Chile.

Llegar al lago era el fin de una ruta que ese verano iniciamos en Valdivia, pasando por Futrono y sus alrededores. Allí tomé contacto como nunca antes con el pueblo mapuche. Allí, camino al sinuoso Maihue, las caras de siempre cambiaron irreversiblemente, movilizando en mí algo de extraña pertenencia que seguramente por sangre no poseo.

Allí quise en lo profundo quedarme para siempre o ser alguna vez admitida a participar de aquellos ritos sagrados que escuchaba a lo lejos en los caseríos cercanos a mi lugar de campamento. Pero solo de lejos escuché aquellas noches, eso que es parte del alma de este pueblo, de música, potente fisonomía y tradiciones.

Cruzamos caminos y los rostros fueron haciéndose cada vez más intensos, las miradas más profundas, la piel y fisonomías más toscas. Subíamos y bajábamos de las carretas y los camiones, que nos llevaron casi siempre hacia lugares más alejados pero poblados de esta presencia absoluta que es el mapuche en su tierra, el dueño y señor de la espesura sureña.

Probablemente algo de mi haya quedado impreso en esas aguas y algo de mis pies en la tierra que dejé cuando me alejé con mi mochila ese verano, lanzando al aire mis versos inventados, que algún lugareño intuyó creyéndolos suyos.

Entonces años después, estando con mis copados tiempos de ciudad, escucho que La Santita se había volcado en las aguas del Maihue. Pequeña y frágil, la embarcación servía a los lugareños de esos mismos poblados que había conocido, para moverse a sus escuelas, internados o lugares de trabajo.

Ese día Domingo y solo provista de la fe de sus ocupantes, La Santita emprendió camino con el doble de su capacidad a cuestas. Ese día su santidad puesta a prueba una y otra vez ya no pudo más, lanzando a las aguas del Maihue a 17 de sus 34 ocupantes.

Las imágenes volvieron nítidas. La belleza indescriptible del lugar, pero también aquella sensación de abandono y desamparo endémico de este pueblo. Nada, con el paso de los años, había cambiado mucho para aquella gente: La pobreza, el olvido, la precariedad de los medios de transporte que para nosotros, entusiastas veraneantes suelen parecer toda una novedad.

Quizás alguna cara, madurada con el tiempo, haya estado a bordo aquel fatídico día del 2005 cuando el barquito naufragó dejando depositadas allí aquellas 17 almas. Todos mapuches, casi todos niños, habitantes de un poblado ribereño del Maihue, llamado Rupumeica, que de no haber sido golpeados por esta tragedia, jamás hubiéramos conocido su nombre o algo de su existencia.

Existencias marcadas por las carencias y el aislamiento, porque a los 17 niños y adultos muertos en el naufragio igual que a los 16 sobrevivientes, no les quedaba otra, en su dura cotidianeidad, que abordar ida y vuelta este lanchón maltrecho y sin supervisión. Casi siempre con mal tiempo, tan solo abrigada por las buenas intenciones de sus usuarios que sin duda no bastan en la compleja y desafiante geografía de fin de mundo.

Hoy cuatro años después de este triste episodio, se sabe que entró en funcionamiento otra nave, la Consuelo 17, equipada con las mínimas condiciones de seguridad y con capacidad para 32 pasajeros sentados. Todo un logro de inversión, jamás hecho posible sin la muerte de estos lugareños.

Y que también aún la autoridad no paga los 500 millones de indemnización a las familias de los fallecidos, ya que el Alcalde de Ranco señala “no tener el dinero”. El mismo que no tenía cuando entregó a este pueblo el fatídico lanchón a comodato y sin ítem para combustible o mantenciones, el cual según él “debían financiar ellos mismos”.

La tragedia del Lago Maihue reveló el aislamiento en que viven miles de chilenos no tan lejos de la hiper intervenida capital de Chile. El invisible pasar de las comunidades que conservan intactas sus tradiciones, golpeadas por la pobreza dura, cuyas soluciones temporales suelen ser la única salida mientras llega este extraño y desconocido término llamado “conectividad”.

La misma cuya falta celebramos en verano cuando abordamos la desvencijada carreta, el lanchón sin salvavidas ni retoques, de visita en pueblitos como Rupumeica, al interior de este intenso y olvidado Chile.

Sugeridos: CD de Alejandro Farfán “Memorial de Maihue"

viernes, 16 de octubre de 2009

VERBOS PARA GENTE OCUPADA: Perdonar

Por Karina Olivares


Nadie quiere dañarnos a propósito.
Muy pocas personas están dedicadas a eso (o casi nadie).
Sin embargo, quien nos hirió alguna vez ocupa gran parte de nuestros pensamientos en éste, nuestro único tiempo, el presente.

Diluidos en repasar, rememorar o intentar vanamente olvidar, la paz interior se quiebra. Y es difícil repararla cuando no se sabe cómo perdonar o a quién se pide la compensación que necesitamos por los daños ocasionados.

Algo interesante pasa en este proceso del perdón: Aunque hayan pasado años el recuerdo es fresco y vívido. O bien también, permanece retenido en el subterráneo oscuro de las emociones indefinidas.

Parece como si aún palpitara en mí el niño herido que fui, aunque ahora bordee los treinta o cuarenta años. Y esto sucede porque para las heridas abiertas el tiempo no pasa, es más “el tiempo” como lo conocemos, simplemente no existe.

Y allí está esa siempre inquietante historia. Detrás del temor, la rabia o el rencor de lo cotidiano, se encuentra esta cáscara imperturbable, dura secuela ubicada en los bajos fondos del corazón.

Aquel que no perdona sangra por la herida. Va por la vida con sus muertos acuestas. Ejercita el sordo diáogo con el pasado, haciendo a-temporal la emoción, aquella que se hace carne cuando alguien osa reabrir la escenografía remodelada de los recuerdos.

Y nadie, por más cerca que esté de nosotros o crea conocernos, sabe cuantos recuerdos ha guardado uno en la vida. Cómo se abre o cómo se pone llave a ese baúl lleno de circunstancias fotográficas que puede ser nuestra mente.

Porque si bien todas las religiones del mundo tocan el tema del perdón, nadie enseña en la práctica a perdonar o al menos a reconocer donde está la herida por donde se escapa algo que puede ser la alegría o la esperanza. Tampoco hay tal materia en la, a veces, paradójica enseñanza cotidiana de la vida en familia.

Al contrario, allí se forjaran infinidad de pequeños rencores que un día van a germinar en no se sabe qué circunstancia, con qué persona o relación interpersonal. Y en este último plano es donde más complejo se hace el panorama si tenemos deudas pendientes con el pasado.

Un repentino arrebato de ira puede costarnos un trabajo. La violencia terminar una amistad o con el Amor. La inseguridad, dejarnos fuera de las oportunidades infinitas que nos reporta un simple día.

Quizás el mayor problema aún radique siempre en nosotros mismos, en cómo se hace para cerrar unilateralmente esta historia, cómo dejar que la mente no siga creando alrededor del dolor toda una identidad que podría acompañarnos durante gran parte de la vida.

Gran tarea. Porque nada valdrá esperar el perdón de ese lejano alguien que nunca vendrá, que quizás se olvidó o nunca supo. O la conversación abierta y sincera que esperamos serene un atormentado corazón. Todo eso podría nunca ocurrir. De hecho, a veces es mejor no buscar ese encuentro, no abrir las puertas. Quedarse en silencio, buscarse a si mismo en paz.

Entonces quizás el silencio nos abra las puertas para que ese buen día llegue. El silencio, la contemplación de los estados interiores y en especial, el buen uso del tiempo: Porque no sirve aquella sentencia popular que versa “el tiempo lo cura todo”. Sino que más bien se trata “de lo que nosotros hacemos con ese tiempo”.

Te invito a que simplemente te perdones completa y absolutamente por las siguientes cosas que alguna vez pasaron o siguen pasando:

- Cuando tuviste la culpa y no fuiste capaz de pedir perdón.
- Cuando esperaste una palabra que nunca llegó, hasta hoy.
- Cuando la embarraste a pesar de las advertencias.
- Cuando seguiste “pegado” en el pasado y lo revives aún ahora a sabiendas que nada de eso existe (salvo el día de hoy)
- Cuando hiciste exactamente “eso” que tanto renegabas, sin querer.


Perdonar es “dar” “regalar” una palabra, un gesto, una acogida, no solo a otros, sino principalmente a uno mismo. Como tan bien resume Jodorowsky: “Lo que das, te lo das. Lo que no das, te lo quitas”.


domingo, 13 de septiembre de 2009

SOCIO-POÉTICAS I

Por Karina Olivares

Vamos a mirar un día el día
y diremos:
allí están piedra con piedra juntas
nuestras ansias
los anhelos
de la patria
que queremos.

Porque un día andando sus caminos
reparé en lo perdidos que estaban los sueños
perdidos en el limbo subterráneo
de algún político ciego.
Bardo subterráneo,
de hospitales y cementerios
que no es lo que quise un día
cuando dejé mi otro cielo.

El golpe avisa
nada es eterno.

Dejé mi casa en la cima
para venir a este infierno
que es este país sin hermanos
donde todo queda en el verso:
(que voy, que vengo, que lo hago)
y todo al final es incompleto
(el amor, las ganas, el proyecto)

Tras el desgaste de esta teórica-retórica
me encuentro
hilando fino estos misterios
de cómo reencontrar al hombre, al ser humano
detrás de este entuerto.

Porque no me encuentro grata
de visita en este país desierto
donde todo se vende
(incluso el alma)
por un poco de dinero.

Pero ese día, empero,
viene lejos silbando cantos nuevos
con mis manos te lo escribo,
alegremente
en estos versos.

viernes, 11 de septiembre de 2009

VERBOS PARA GENTE OCUPADA: Sanar

Por Karina Olivares


Casi siempre que puedo cuento esta historia acerca de dónde y cómo aprendí por primera vez los temas ligados a la sanación: En ese entonces tenía 16 años y por aquellas cosas de la vida llevaba tiempo viviendo en casa de mi abuela paterna, una mujer muy católica que vivía sola en su casa, un hogar sencillo, pero muy bien mantenido.

Su labor en el barrio era bastante conocida y respetada por quienes tenían acceso de cerca a su trabajo como "componedora de huesos", un oficio muy extendido en el campo y que actualmente podría parecerse en algo a la Quiropraxia de la medicina alternativa. Como sanadora avezada, las personas acudían a su casa desde cualquier lugar de Santiago en busca de la salud perdida a causa de algún desafortunado accidente o aquellas tipicas dolencias crónicas.

Su especialidad eran los huesos fracturados. Recuerdo nítidamente mi impacto al ver como un día llegó hasta su casa un hombre que había sufrido un accidente en bicicleta. El hecho había dejado muy a mal traer su clavícula, uno de los dos huesos situados en la parte superior del pecho.

Los movimientos corporales exactos y muy focalizados que le aplicó mi abuela, permitieron al hombre dejar de sentir aquel dolor agudo por el cual había llegado, logrando marcharse posteriormente con la certeza de haberse recuperado del todo.

A los días volvió muy alegre con el alta médica en sus manos. ¿Cuánto le debo? -le dijo el hombre a mi abuela- ¡Nada! -le respondió- “Esto lo hace él” apuntando a un sencillo altar donde ubicaba sus imágenes de Cristo y la Virgen, además del libro más importante para ella: la Biblia Latinoamericana.

Las experiencias vividas en su casa me marcaron para siempre. El escaso tiempo que duró esta especie de “pasantía” me dio luces años después para adentrarme en temas ligados a la sanación y la espiritualidad vista desde la práctica, en terreno. También para hablar con propiedad acerca de cómo creo se producen los procesos de salud/enfermedad en nuestras vidas y los caminos para lograr mantener una buena salud.

Ciertamente existen muchos caminos para sanar. Por un lado los conocidos como respuesta de la medicina oficial y aquellos que la propia vida personal provee como reserva familiar y cultural, que a mi modo de ver poseen una riqueza invaluable.

Como sanadora inserta en una comunidad determinada, mi abuela era muy respetada y querida. Casi nunca se enfermaba, lo que es un registro importante en aquellos que deben prestar los servicios sanitarios. Utilizando su ejemplo de vida, ocuparé algunos de sus atributos personales para definir cómo se convierte uno en un buen médico de sí mismo:

1. Tener un buen sentido del yo, verdadera autoestima. Esto incluye cuidar el cuerpo como un “templo” donde anida el mundo interior. El cuerpo que tenemos no nos fue dado al azar, se trata de un vehículo para desarrollar todas nuestras potencialidades internas.

2. Darse el tiempo para meditar. Esto es, entrar en sintonía con todo lo que está fraguándose internamente. Para algunos puede ser ORAR en el sentido religioso, como lo hacía mi abuela; entrar en contacto con el Alma personal y vincular el cuerpo con las emociones del día porque allí aparece un correlato muy valioso.

3. Estar dispuestos, preparados para ver oportunidades en las desgracias que pueden representar las enfermedades pasajeras o las dolencias crónicas. Este punto no es tan sencillo, por cuanto esta capacidad se determina en la infancia: si escucho hablar de problemas y enfermedades incurables, mi cerebro copiará esa manera de ver el mundo y será un espejo repetidor de las experiencias que recibí en esa etapa. Pero ánimo porque también se puede des-aprender.

4. Escucharse. Alguien dijo por ahí: “La cabeza no ha escuchado, mientras no escuche el corazón”. Muchas de nuestras dolencias más clásicas son parte de una necesaria conversación que se encuentra pendiente. ¿Cuánto estoy dando sin recibir? ¿Pongo suficientes límites en mi relación con los demás? ¿Me doy tiempo para estar un tiempo a solas?

Busca en tus registros familiares o de amistad alguien a quien consideres una persona sana en cuerpo, mente, espíritu o en las tres juntas. Identifica qué hacen o hicieron esas personas para ser distintas e intenta copiar esos buenos ejemplos.

Hazte parte de ese “estilo de vida” que comparten las personas sanas. Acá te dejo las que creo les son propias:

- Se ríen mucho, también lloran prudentemente.
- Siempre buscan una lección en cada acontecimiento.
- Buscan espacios de soledad y de encuentro consigo mismo, aunque se los pueda ver activamente involucrados en causas sociales o de otra índole, vinculada a la solidaridad.
- Cuidan los excesos de todo tipo.
- Confían en algo o alguien superior a ellos. Esto puede ser Dios para los cristianos o alguna creencia en particular: Aunque parecen estar solos, NUNCA lo están.

Entonces SANAR no es azar, sino causa y efecto de un compromiso que implica asumir un nuevo estilo de vida. Desde aquí deseo que logres sanar de todo aquello que necesite ser sanado, porque la única obligación en la corta vida que tenemos es ser felices “en el siempre presente ahora”.


jueves, 3 de septiembre de 2009

VERBOS PARA GENTE OCUPADA: Soltar

Por Karina Olivares


Acaparar, consumir y desechar son tres acciones alineadas que se autorregulan a sí mismas. Que forman parte de un mismo sistema perfectamente diseñado para que siempre estemos dentro de alguna de ellas. De las tres acciones, tal vez “acaparar” sea la que más esfuerzos nos lleva. A algunos tal vez toda una vida.

Porque el acto de consumir es breve. Lo que dura el placer que lo sustenta. Lo siguiente es el consabido reemplazo, cuyo ejemplo más sobresaliente es la híper tecnologización a la que estamos expuestos cada día: de alguna manera TODO podría quedar obsoleto mañana.

Sin embargo, el instinto acaparador del ser humano parece no quedar obsoleto nunca, se replica y renueva cada vez con más fuerza. Precisamente ahora estamos llenos de cosas, de distintas cosas. También llenos de amigos, de relaciones, de compromisos e invitaciones. Muchas de ellas nunca van a traspasar el límite de lo virtual, pero van a ser cosas que vamos a coleccionar para llenar el vacío.

¿De cuánto estamos hablando: 100, 200, 300 amigos en tu red virtual? Cuantificando el contador de “amigos” tengo al menos 120. De ellos solo 10 o 12 tienen expuesto su teléfono para que los llame si tengo algún problema. De todos los demás sabré a tiempo “qué están pensando” pero no llegaré a saber nunca que rayos están sintiendo.

Con el explosivo avance de las redes sociales, confirmo mi tesis de que nadie quiere involucrarse en una relación, ni retomar genuinamente amistades de infancia, salvo para alimentar este viejo placer que se llama curiosidad.

Presumo que casi siempre detrás de ello sigue estando el temor al vacío o la incapacidad de estar en el presente. Un presente siempre tinturado por la nebulosa del pasado y que muchos adornan con realismo mágico. Lo lindo que fue. Lo que tuve. La nostalgia.

Cuesta mucho soltar y verse realmente en esta vacuidad que nos haría más auténticos y creativos. Siempre hay que estar en algo. Formar parte de... Pertenecer. Que no te vean solo como Toribio el Náufrago.

Se le teme al vacío más que a nada en el mundo. Por eso la tendencia es a adornar y a multiplicar lo positivo de las cosas y las personas que nos rodean, a quererlas, a no dejar que partan de nuestro lado. A generar a veces vínculos en extremo virtuales y muy poco aportadores. Por hacer bulto, por querer parecer algo.

Esto nos lleva sin duda a algo más profundo: los apegos. Y el objeto de los apegos son las cosas y los seres. Los budistas hablan mucho de este concepto como una de las causas del sufrimiento, de hecho lo encasillan dentro de los cinco venenos mentales junto con la ira, la envidia, los celos y la ignorancia.

Ellos dicen que si bien es cierto existe lo hermoso y lo bonito, con el apego se tiende a adornar, a multiplicar las virtudes de eso o de aquella persona a la cual estamos apegados. De alguna manera sentimos que él o ella son perfectos, no logrando ver con claridad la verdadera naturaleza de las cosas y los seres. Y éste es un mal entender, por eso el apego está errado.

Y si algo o alguien esta errado nos hará sufrir, no funciona. Es como el PC, dice error y el computador dejó de funcionar. Más aún en nuestras relaciones personales.

El desafío ahora es soltar. Aprender a andar más livianos, generando relaciones un poco más genuinas en su fondo y no en la superficialidad. Los amigos epidérmicos solo agrandan el dolor de la soledad. Lo cierto es que como decían los abuelos: los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano. A ellos hay que cuidarlos y quererlos porque son escasos como los animales en vías de extinción.

Acá te dejo tres preguntas básicas para comenzar el eliminar lo que no queremos en la vida y es un peso:

1. ¿Me gusta?
2. ¿Lo necesito?
3. ¿Me aporta, en este momento presente, cosas positivas?

Puedes aplicar esta formula para trabajar el instinto de acaparar cosas: ropa, objetos, tecnologías. Y también en las relaciones humanas que son un lastre pesado y no te dejan avanzar.

Como versa aquella frase: MENOS ES MÁS. Te deseo un buen desprendimiento y un viajar más liviano.


martes, 25 de agosto de 2009

VERBOS PARA GENTE OCUPADA: Esperar

Por Karina Olivares



Quien tenga frutales en su casa, sabrá comprender muy bien lo que digo. En casa tengo tres: un limonero, un naranjo y un parrón que me regala dulces racimos de uva tipo moscatel, la variedad más extendida en Chile. Tanto ambos cítricos, como el Parrón, tienen distintos tiempos de cosecha. Para nuestra fortuna en las estaciones contrapuestas del año.

Al observar mis árboles compruebo lo inmutable de las leyes de la naturaleza. Aquello es fascinante. De allí puedo extraer no solo las sabrosas cosechas del año, sino múltiples lecciones aplicables a la vida, leyes que probablemente la gente de campo conoce y por eso objetivamente tienen una mejor ‘calidad de vida’.

En medio del estresante inmediatismo de la ciudad, me detuve un día a mirar cómo todo en mi jardín iba marchando en perfecto orden. Esa breve porción de tierra donde resurge una y otra vez la vida, y que para algunos no es más que un decorado, me ha dado claves para ayudar a uno que otro amigo en problemas.

Esperar no es vano afán, ni acción pasiva carente de sentido. Quien sabe esperar comprende que bajo la cáscara aparente del silencio, se esconde un movimiento siempre ascendente, que hace cumplir leyes sagradas que nos hablan del orden natural de las cosas y los acontecimientos.

Ahora mi naranjo, por ejemplo, está en etapa intermedia entre el fruto maduro y la nada que luego será la flor. La caída o extracción obligada de las últimas naranjas, darán paso a las flores de primavera. Hoy es un árbol más entre tantos que lo rodean. Nada acusa lo que viene, ni tampoco creo, le interesa saber. Silencioso descansa en medio de la frondosa arboleda.

Como en este caso, la acción de dar implica necesariamente el repliegue. Quien da, genera frutos o se entrega en cualquier causa, necesariamente será instado por su propia naturaleza a guardar espacio para re-crearse.

No es posible crear sin experimentar el silencio que es a su vez, la causa del fruto y la cosecha. Ir en contra de esta ley es no comprender. Ignorancia en el sentido budista del término.

No darse el tiempo necesario y estar siempre receptivo a la acción es la causa de muchos de nuestros sufrimientos actuales, la vivencia de malestares y el estrés patológico que experimentamos al interior de las grandes ciudades.

Nos transformamos en obsesivos de la actividad, impacientes patológicos de lo que hay que hacer. Y eso nos aleja del centro que algunos llaman Alma. Nos hace perdernos en este juego que se llama vivir.

Los impacientes perdemos pronto la sonrisa. La creatividad. El entusiasmo (del latín In Teus: en Dios o estar en Dios) Y en ese afán que no termina, todo comienza a ser pre-decible: Trabajos predecibles. Destinos predecibles. Incluso, enfermedades predecibles.

Entonces retomo nuevamente la meditación sobre mis árboles. Me pregunto cuantos años llevan allí, albergando una y otra vez la vida. Reproduciendo el mismo fruto para lo cual fueron creados. Siendo parte de una armonía de la cual podríamos aprender un poco.

Como las uvas de mi patio trasero, por más que intente no tendré entre mis manos estos frutos de verano en pleno invierno, salvo pequeños atisbos de lo que será. En muchas ocasiones, tampoco tendremos las respuestas que queremos forzando las situaciones, excepto intuiciones que pueden orientarnos para encontrar un poco más de paz.

Ahora los jardines están silenciosos en la superficie, opacos, fríos. Pero todo bulle con una lucidez y rapidez insospechada por dentro, en las raíces, fluyendo por la savia hacia el exterior. Como esto, el cambio es silencioso, pero no por eso menos activo.

Alguna vez fue presuroso, forzado y las frutas cayeron antes de tiempo. También el fracaso enseña y en la naturaleza tenemos múltiples ejemplos de ello. El fracaso también es una norma que indica cómo vamos avanzando o cuánto falta para llegar a la meta.

La espera es el silencio que debemos atravesar para llegar a tocar la primavera.

viernes, 14 de agosto de 2009

VERBOS PARA GENTE OCUPADA: Meditar

Por Karina Olivares


Fácilmente me atasco en los oscuros recovecos de la mente. Divago. Regreso. Pensando cómo hacer lo que debo y seguir estando en paz con lo que siento. Gran tarea. Por momentos me encuentro muy ocupada en ciertos asuntos de la mente. Conversaciones van y vienen. Ingreso a la carretera de los pensamientos. Camino. Corro. Hablo. Estoy presente. Pero me alejo.

Percibo una fisura en mi paz. Me quiebro. Y ésta es la facultad del estrés en mí (y tal vez en ti). Me des-estabiliza. Me hace hacer cosas insensatas. Extrañas. Me acelera pulmones y corazón en aquellos momentos en que solo se requiere estar atento. Solo un poco más que siempre.

Pero siempre es un poco más tortuoso. Entonces me pregunto qué quiere el Estrés conmigo. Por qué me abandona solo cuando él quiere. Por qué me pierdo yo y dejo de ser quien soy.

Con estas preguntas inauguro hoy una serie de artículos, en los cuales voy a repasar ciertos verbos que me interesa mucho empiecen amablemente a conjugar. Especialmente ustedes (sí, tú!) que casi siempre están muy “ocupados” en otros asuntos. Comenzando con el verbo MEDITAR.




Ciertas palabras tienen un poder insospechado. También llevan impresas algo de temor. Este verbo en especial me generaba temor porque desde siempre se le ha rodeado de un halo de misterio, un esoterismo mal entendido.

Vinculado a ciertas religiones orientales que no tocan en nada a nuestro siempre presente catolicismo, meditar nunca estuvo en mis libros de infancia, núnca nadie me enseñó. -De haber sido así, me hubiese ahorrado cientos de experiencias malogradas e inservibles. Chatarra espacial que se acumula en los años mozos-

A la meditación se llega casi siempre algo agotado, por esta facultad extenuante que posee el estrés mal conducido, acumulado por años. Le pides a alguien que te enseñe o comienzas a buscar afanosamente cual iluminado busca su verdad.

Comienzas a practicar. Lo primero que acontece entonces es la frustración. Alguien te dijo que había que dejar de pensar. Sentarse en un lugar silencioso, en esa típica postura inmóvil y “acallar la mente”.

Recuerdo haber sentido mucha frustración al principio de mis prácticas. Sentencié amargamente: “¡esto no es para mí!”. La cabeza sigue hablando. Es más, mientras más intento el silencio, hay algo en el entorno que parece confabular. Más ruido percibo. Más voces aparecen. Mis responsabilidades. Las conversaciones del día. Aquellos enemigos virtuales llamados “pendientes”. El mundo real. Y todo se va por la borda.

Ante mi insistencia -porque para meditar hay que ser perseverante- un día solo comencé a observar lo que ocurría. No me opuse. No me ofusqué. Solo me observé sin imprimirle alguna emoción determinada al momento. Eliminé la lucha interna por ganar. Lo dejé ir y volver cuantas veces fuera necesario. Me ayudé con la respiración. En cada repaso me fueron interesando y asombrando más los acontecimientos.

Entendí que solo había que dejar pasar la neblina de los pensamientos y las percepciones. Entonces todo se hizo más claro, menos confuso. Me alegré por este logro. Estaba comprendiendo qué era la Meditación.

No es solo una actitud externa, la suma de ciertas posturas o fórmulas predeterminadas. Meditar es una vivencia interior. Puedes meditar mientras caminas, hablas o corres. Solo si eres conciente de que estás caminando, hablando o corriendo. Y eso, para la gente ocupada suele ser muy, muy difícil.

La clave está en mantenerse atento e inalterable pese al afán siempre exigente del día. Frente a la vorágine del día, saber qué estas haciendo, sintiendo. Qué esta sucediendo allí adentro. Disipar la neblina de los pensamientos y echar un vistazo a lo que sucede. Nada más. Y eso puede ser fascinante porque abre un windows, como dice mi amigo Mario Dussuel.

Ahora bien, también puedes comenzar probando las formulas más clásicas sobre meditación. Acá una técnica básica que utiliza el Dr. Deepak Chopra:

- Concentrarse en una cosa sin forzarse, de manera que sea más difícil que otros pensamientos entren a la mente. A mí me gusta empezar con una meditación de respiración.
- Para iniciar la meditación, encuentra una posición cómoda. Siéntate en una silla cómoda, con los pies bien apoyados en el piso. Coloca las manos con las palmas hacia arriba. Cierra los ojos y presta atención a tu respiración.
- Observa cómo entra y sale el aire sin intentar controlarlo de ninguna forma. Tal vez notes que tu respiración se vuelve espontáneamente más rápida o más lenta, profunda o superficial, o que incluso se detiene por un momento.
- Observa los cambios sin resistencia y sin anticiparte. Cuando tu atención se desvíe hacia un sonido del entorno, una sensación en tu cuerpo o un pensamiento de tu mente, haz volver tu conciencia, sin forzarla, a tu respiración.

Intenta caminar solo haciéndote conciente que estas caminando. Medita solo este acto cotidiano tan vulgar. Escucha cómo hablas y lo que dices. Puedes también sentarte en un lugar donde bulla efervescente la ciudad: observa qué sucede sin juzgar.

Lo que sea que hagas para empezar será beneficioso. Te deseo perseverancia. Puede ser que algo cambie positivamente en ti. Y eso me haría muy feliz. También al mundo que te rodea.

lunes, 13 de julio de 2009

A Victor

Por Karina Olivares

Tendrán que callar al río,
tendrán que secar al mar, que inspiran y dan al hombre,
motivos para cantar (M. Sosa)


Cuanto tiempo ha pasado. Cuanto ha de pasar aún. Los casi 40 años que separan esta vida que fue y el hoy, parecen no avanzar. Algo se ha quedado en suspenso, algo que parece ser ese incierto país que pudo haber sido y no fue. Que hoy carga con los restrojos de una cena mal habida entre el abrupto quiebre del pasado y este presente a la buena de Dios y sin variantes.

Parece que Chile, honda herida abierta, hospital público, no quiere o no puede avanzar sin antes saber el final de esta historia, como tantas otras hace décadas atrás.

Esta nota es a Víctor Jara, un motivo para no cerrar la herida que es la de todos los demás. Al artista, cantautor, actor, hijo pródigo del campesinado; que tuvo en su destino nacional, la carga de haber sido un rostro público al momento de su detención. De haber sido reconocido por aquellas mentes desquiciadas, entre tantos anónimos chilenos recluidos en el ex Estadio Chile. Aquella suerte o infortunio que algunos llaman destino. Misión-cruz que ciertamente nunca quiso llevar en sus espaldas de sencillo cantor.

Sencillo, porque al artista solo le basta su guitarra, el ambiente festivo del pueblo y una copa de vino. Ante la simpleza de lo extraordinario, lo demás es decorado, irrelevante. Pero Víctor tuvo que ir más allá. Romper sus propias reglas básicas y transformarse en un ícono, en la imagen representativa de lo inverosímil que resulta la violencia aplicada a pequeña o gran escala.

Porque aunque lejos esté su muerte, las circunstancias que la rodearon o los pactos de silencio que impidieron hacer una justicia a tiempo, el paso de los años solo ha hecho que se cree tras su huella el germen de este otro Chile, un Chile paralelo, opción a las armas que intentaron un día dejarnos sin artistas, cegando el alma colectiva de nuestra cultura popular, encarnada en gente como Víctor Jara.

De él me atrae aquella búsqueda incesante de lo propiamente chileno. Como cuando estando en Santiago, se interna en el campo espeso y profundo, volviendo a su matriz creativa hasta encontrar canciones, melodías y cantores anónimos. Allí rescata el patrimonio cultural que parecía perdido, liderando esa búsqueda hasta dar con los padres del folklore, haciéndose rebautizar por ellos.

Inspirado hondamente por ese mundo y ya de regreso en la capital, Víctor Jara asume la voz del rebelde. Habla con el carácter y sentido de quien todo lo conoce, de quien se ha encontrado a si mismo. No teme a las críticas, ni le complacen los aduladores. Habla con desparpajo de los ricos y sus casas emplazadas en los barrios altos; de generales eliminando chilenos, del obrero y su realidad.

Lo social es en la obra de Víctor Jara, material eminentemente sagrado, donde descubrimos historias y personajes asombrosos que re-visten la cultura popular, generando con ello sintonía con las clases sociales marginadas de aquella época y que finalmente son para este artista el cuerpo y alma de Chile.

Su música, sus letras y un modo de vida acorde, van así configurando una visión carismática del mundo. Del mundo que estaba viendo y que hacen propio sus seguidores. Desde ese momento Víctor deja de ser de él, del núcleo estrecho y cuidado de su familia. Pasa a ser del pueblo, de “lo social”, de sus historias. Se transforma en un ícono viviente con voz y guitarra.

Con él se entiende y traduce lo confuso que era Chile en ese entonces. Su voz repara la cultura de lo propiamente chileno cuando era particularmente necesario repararla. Encontrarla. Reconocerla. Creando con fuerza un ideal alternativo que requería ser conocido.

En sintonía con todo lo anterior, se opone ferozmente a la irrupción de “lo foráneo” como elemento destructor de aquello que él había conocido: el cielo campesino libre y autogestionado. Capaz de despertar la semilla de aquellos que, oprimidos, se encontraban en las ciudades. A ellos los inspira, los moviliza, cumpliendo así el rol sagrado que todo artista debe cumplir.

Con estos antecedentes, Víctor Jara crea en vida su propio mito. Se proyecta más allá de la persona-artista, he ingresa a una categoría superior, liderando una perspectiva social y cultural. Inspirando esta visión idealista centrada en lo social, desde lo profundo del pueblo, la clase, una forma de ser chileno que serviría de puente entre lo que había con él y lo que podría llegar a ser.

Por eso el quiebre de este sueño, gatillado con su absurda muerte como crucifixión de un ideal, va aún más allá de su suerte. Se recrea momento a momento. Se verifica en el hoy a través de su legado armado pieza a pieza por su esposa Joan y con la posterior creación de la Fundación Víctor Jara.

Hoy la justicia hace su parte identificando a los autores de su muerte y aunque llega vergonzosamente atrasada a la fiesta de encontrar la verdad, tampoco ha sido central en el rol de posicionar a Víctor o para entender la genialidad de su figura. Gracias a este impune atraso, al menos su alegría nunca fue paseada en los fríos pasillos de Tribunales, donde reinan los intocables de siempre, el horrendo tramiteo y este matrimonio tan bien habido entre la desidia y el compadrazgo.

Con Víctor se celebra la vida y así también fue entendido. Por eso su pequeña tumba, que albergó por tantos años sus restos, tampoco fue un lugar de culto y procesión, aunque bien merecido hubiera estado. Tan solo un árbol, bandera chilena al viento y una pequeña banca. Eso era lo que había en el Cementerio General para quien, con viveza, supiera encontrar el pequeño y rudimentario nicho, alzado en el sector más “poblacional” del camposanto. Porque así le hubiera gustado a él, según cuenta Joan Jara.

Centrados en el enorme poder inspirador que mantiene Víctor a décadas de su muerte, rememoro aquel póstumo poema escrito a sangre y fuego desde el Ex Estadio Chile. Leerlo me apena y me da esperanzas. Fortalece mi espíritu. ¿Cuántos eran? se preguntaba, probablemente más de cinco mil a ese lado de la ciudad.

Sin embargo, hoy siento que el amor de su gente ha multiplicado por miles más aquella cantidad de personas, no en dolor ni en espanto, no en horror ni muertos, sino en alegría, creatividad y conciencia colectiva. Una estela que solo un verdadero artista puede dejar a su patria, que es su hogar y su familia, en el más puro sentido de la palabra.

Recomendados:
- “El Chile de Víctor Jara” Omar Jurado y Juan Morales, Editorial LOM, 2003.
- “El Derecho de Vivir en Paz” Documental de Carmen Luz Parot, año 1999

martes, 23 de junio de 2009

Hospital Publico

Por Karina Olivares

“…No vuelvas nunca más al hospital.. son tus visitas, las que me hacen mal..
si son amigos, no quiero hablar, de cosas que amo y me hacen odiar”
(Pettinellis)

La alta arboleda me recibe en silencio. Los pasillos atestados de miedo e incertidumbre de otros como yo, se confunden este otoño con la premura del personal que me recibe. Pase caballero, apúrese: ¿Con quien viene?. Su nombre por favor. ¿Qué previsión tiene?. ¿Ninguna? Doctor!! Paciente Ficha Nº 3458.

A partir de ahora he sido rebautizado para ingresar al mundo hospitalario.

Un mundo gobernado por la medicina ortodoxa tradicional. Pulcro, de manos resecas por tanto antibacterial. Con accesos restringidos escritos en cada puerta. De gente vestida con colores de acuerdo a su estatus profesional. En fin, todo un mundo de códigos éticos ajenos a la gente común como yo, que de visita obligada, me ciño sin oponer resistencia.

Paciente Ficha Nº 3458 circulando por los pasillos. Paso los accesos restringidos. Esto es grave, me digo. El camillero conoce de memoria cada bifurcación del camino, cada bache, cada forado del derruido hospital. Ingreso. Me esperan allí mis compañeros de sala, con miradas melancólicas, perdidas, expectantes.

Al soltar de mi cuerpo el último ropaje, me desvisto de lo que alguna vez tuve. Quizás la suerte, la salud, cierta capacidad de opción que se llamaba libertad. Ahora me subo a la cama con la ropa del hospital. Es decir, no ropa, algo parecido a una tela fría con amarras, para dejar más libre el paso a mis oscultadores. ¿Qué tiene este caballero? –“no se sabe”- escucho.

Comienzo a conocer uno a uno a los miembros de esta especie de sociedad secreta. Paramédicos: técnicos de la salud perdida, de escalafón intermedio, con fuerte énfasis gremial, administrativos y tramitadores de la receta. A veces, amigos del pueblo.

Veo en los ojos de ella, el cansancio de una jornada larga con doble turno. Tampoco durmió. Me dice que su mayor satisfacción es esta especie de sintonía afectiva que mantiene con el paciente, que vendría siendo yo, entiendo. Hablamos algo de la vida, del día, del por qué estoy acá. Tras ganarse mi confianza, me asesta el primer golpe medicamentoso, que me deja aun mas perdido.

A mis pies un material escrito en arameo. Me dicen que es mi Ficha Clínica. Jamás llegaré a conocer el contenido y las implicancias de este valioso documento. Vamos anotando. Me miran, anotan. Ahora aparecen ellos. De chaqueta blanca. Uno viejo que ejerce de docente y cinco jóvenes que exudan inexperiencia y ansiedad. Me permito tranquilizar un poco a los jóvenes lanzando una talla que arranca risas nerviosas.

Soy motivo de junta médica. Curiosamente, aunque estoy presente, hablan en tercera persona sobre mí que soy el Paciente Ficha Nº 3458, como si yo no estuviera ahí. Es extraño. Uno de ellos me cuenta que la técnica “invisibilización automática” la aprendieron en el aula de la Escuela de Medicina.

Me abordan conservadoramente. Focalizan su acción al tratamiento sintomático del paciente Ficha Nº 3458 que aún soy yo. Frente a la pericia ortodoxa, termino perdiendo mi historia, mi visión particular de mundo, la manera como tenía de mejorarme. Todo se centra en el síntoma, que para no parecer menos, logro describir con lujo de detalles. Comienzo a tomar conciencia que podría quedar varado aquí y me da miedo.

Con el paso de los días me he vuelto “poco colaborador” con el tratamiento, como dice el personal que me atiende. Ni ellos ni yo estamos preparados para hacer frente a la posibilidad de mi muerte. He hablado de esto con un paramédico. Le comento que como ser humano cualquiera, valoro mi privacidad ante todo. No quisiera ser objeto de estudio ni mucho menos que no se me considerara en las decisiones respecto de mi propia salud.

Ella parece entender y me dice que siente impotencia y angustia por la cercanía de la muerte, cuando se trata de personas jóvenes e incluso viejos porfiados, que insisten en aferrarse a la vida. Que nunca le enseñaron qué decir y como confortar a un familiar que ha perdido un ser querido. Es por eso –me dice con un tono frío- que prefiere no involucrarse con los pacientes. Cambiamos de tema. Tampoco me encariño fácilmente.

A la mañana siguiente un par de médicos intentan convencerme de un tratamiento que quieren probar conmigo. Porque si resulta -me dicen- podremos aplicarlo en otros pacientes que están en sus mismas condiciones.

Me niego. Me miran con recelo. La obstinación terapéutica de ambos es notable y difícil de evadir. Pero me basta ver a mi compañero, el de la cama del lado, quien fue sometido a otro dudoso tratamiento invasivo. Sedado, entubado, ya no puede expresarse por sí mismo. Mirándolo me pregunto cual es el fin de todos estos procedimientos, cuando se ha perdido el norte, que es la persona del enfermo.

Las breves visitas de los médicos me dejan aún más confundido. Quisiera respuestas a mis preguntas o que al menos, me pregunten qué necesito, aparte de ver si mis parámetros se encuentran estables, o de controlar los molestos síntomas. Lo que agradezco. Pero a estas alturas no represento una prioridad para el sistema de salud. Pasé a ser un número más. Me voy llenando de incertidumbre, me aíslo.

Por cierto, percibo interés en mejorar las cosas por parte de quienes me atienden. Muchos de ellos conocen las causas y también las soluciones, para que todo en el mundo hospitalario ande mejor. Pero el temor puede más. El temor a la crítica, a disentir de las políticas masivas de salud, a parecer distinto. A ser tildado de “poco profesional”. En fin.

La funcionaria que me trae el almuerzo, me dice en voz baja: “Lo que pasa es que la medicina perdió lo mejor que tenía, confianza y cercanía, lo que se llama relación medico-paciente”. La miro con sorpresa y le respondo: “También el interés por la curación de la persona, que es el enfermo y no solo “la enfermedad”. La tecnología está a punto de reemplazarnos, pienso. Cuídese -le digo- mientras se marcha riendo.

Pasan los días. Con la cercanía de la muerte, a la cual nunca he temido, medito entorno a la necesidad de reconciliación con el pasado y como dejar atrás los resentimientos. No me sirven de nada. Tampoco me sirvieron antes. En esta incomodidad de cama hospitalaria, he intentado generar cierto orden en los acontecimientos de mi vida, para comprender con qué debo quedarme. Percibo que tengo poco tiempo para cerrar círculos y eso me pone ansioso e inquieto.

Necesito mucha escucha y consejo de alguien que no vea con tristeza el momento por el cual atravieso. Sin embargo, todo avanza con una rapidez que impide hablar de estos sentimientos. La muerte es un tema que nadie quiere abordar, aunque sea lo único seguro que tenemos en la vida.

Desde mi cama, veo el peregrinar de familiares y la extraña forma de comportarse frente a los enfermos como yo. A algunos habría que dejarlos en su casa, porque contaminan el ambiente con dramatizaciones exageradas. Otros fingen estar bien, acortan la visita o simplemente me ignoran, para ir a preguntar sobre mi estado. Pero el médico es escueto, distante y poco claro. Tampoco quiere adentrarse más allá. Le resulta molesto e incomodo. En su fuero interno sabe que la medicina se ha deshumanizado y él con ella.

Noto que he perdido alegría y un poco la noción del tiempo. El ambiente es frío, tenso e impersonal. Nada rompe aquí el circuito de sufrimientos que parece interminable. Salvo la alegría de marcharse a casa. Otros tienen que esperar el alta. Aquel ansiado valor, parecido a la libertad, de parámetros desconocidos para el común de los mortales.

Insistente pregunto entonces ¿Cuándo me va a dar el alta doctor?.
-¿Ha visto alguna mala cara que se quiere ir?… Tenga paciencia, aún no-
Dormito un poco, frustrado…

De la alta arboleda me despido en silencio esta noche fría de otoño. Los pasillos atestados de gente, me sirven ahora para escabullirme entre la multitud. Veo adultos, viejos y niños a la espera de un consuelo, que el administrativo de turno archivará en la ficha clínica, ante la premura sintomática de los pacientes.

Un alta precoz y mi fuga, en partes iguales, ha sido el remedio autorecetado esta noche. Un medicamento de avanzada, de uso restringido solo para obstinados e impacientes como yo.

Tras estas murallas añosas y derruidas, tomo la salud en mis manos, que aunque frágil y escasa, es lo único que tengo por ahora. En casa me espera mi cama, mi ropa, mi gente. Allí esperaré tranquilo, lo que haya de venir. Siesque viene. Si no me receto antes: La vida.




La autora es Diplomada en Acompañamiento psicoespiritual de Enfermos, Universidad Finis Terrae.
El texto está inspirado en el “Estudio exploratorio de las percepciones y actitudes del personal de la Unidad de intermedio médico quirúrgico respiratorio, frente a los pacientes que enfrentan el final de vida” Instituto Nacional del Tórax, Santiago, 2007

lunes, 8 de junio de 2009

Oficio: malabarista























Por Karina Olivares

Ahora que Chile ha ingresado formalmente a la categoría de “países en recesión”, hemos podido observar como, gran parte de la población más golpeada por la crisis (léase el 90% de los chilenos) ha debido despertar el recurso de la creatividad, apareciendo nuevas estrategias de sobrevivencia o al menos, haciendo más visible lo que ya existía hace muchos años.

Algunas son crueles revelaciones del trabajo infantil, que por cierto siempre ha existido con una enorme cuota de explotación y desamparo. Otras, son experiencias llevadas a cabo por adultos y jóvenes, quienes ven en el despliegue de ciertos talentos artísticos, una manera de ganarle al día siempre exigente de la moneda para vivir.

Porque en momentos de crisis y vulnerabilidad económica, aparte de recurrir a las instancias formales de apoyo, como Municipalidades, ONGs e Iglesias, la tendencia es a asociarse informalmente, crear nuevos emprendimientos y desplegar todos los “talentos” posibles hacia la búsqueda de la satisfacción de las necesidades básicas. Y ejemplos hay muchos y de muy variado tipo.

Estaba meditando en esto cuando una tarde cualquiera, veo como el parabrisas se llena de fuegos danzantes y peligrosamente próximos. Cae la noche y un joven, con un marcado estilo circense, nos ofrece un espectáculo de fuegos, clavas y malabares varios que saltan y vuelan por los aires. Su estilo cuidado no permite errores y al finalizar se gana los respetos de un obligado público que le entrega algunas monedas.

Toda esta operación dura menos de 60 segundos. Son los llamados “artistas callejeros” que desarrollan arte general circense de semáforos, con una gama increíble de objetos que sirven para “malabarear”. Un oficio interesante y lleno de matices que provoca un brusco despertar al automovilista asediado por un tiempo siempre escaso o por el tedio de la rutina.

Sorpresiva entrega artística que al menos, ahuyentó al puntilloso “limpiador de vidrios”, personaje que lucha por ganarse un espacio en la variada gama de emprendedores callejeros ubicados en los semáforos: Vendedores de galletas, dulces, helados, manos libres para celulares, diarios de la tarde, rollos para taxímetros, pan amasado, flores. Sin dejar afuera al clásico indigente cuyo único esfuerzo es solicitar una moneda “Por el amor de Dios”.

Aquí todo elemento sirve para generar atención, sorpresa y hasta despertar la impaciencia ofuscada de aquellos compatriotas agotados de estas improvisadas tomas esquineras, que para algunos demoran más de la cuenta la espera en el semáforo.

El malabarismo reúne principalmente a jóvenes en situación de pobreza y riesgo social entrenados en el Parque Forestal de Santiago o en escuelas formales como El Gran Circo del Mundo, entre otros. Les permite ganarse el sustento y también crear, alrededor de ellos, verdaderas comunidades que comparten un mismo estilo de vida.

Y el oficio es rentable si se trata de sacarle partido a las destrezas personales en un contexto socioeconómico cada vez más adverso. Durante una jornada normal diaria, el ingreso puede ascender a diez mil pesos, si se es talentoso y llamativo. O al menos cinco mil, si el espectáculo es pobre en despliegue de habilidades, pero siempre al final del día existe alguna recompensa que fortalece este trabajo que es también una pasión para quienes lo desempeñan.

Curiosamente, esta actividad hace un paralelo con ese dicho tan popular de “hacer malabares”, usado para referirse a todos aquellos actos que hacemos en las cuales se busca un acomodo más o menos equilibrado en situaciones de base inestables. Por tanto, todos tendríamos algo de este oficio en la sangre cuando “hacemos malabares para llegar a fin de mes” entre otros usos comunes aplicados a las problemáticas derivadas de la economía domestica.

Pero volviendo a esta temática social, en general quienes “hacen semáforos” son jóvenes, pero también se encuentra en estas esquinas a niños entrenados in situ, al fragor de la breve observación de malabaristas mas avezados. Se los puede ver alzando por el aire y con dificultad, pelotas de tenis u otros objetos, entregando un triste espectáculo que reviste a este oficio esquinero de su lado más oscuro y desalentador:

Niño triste
de blanca máscara
rota por la miseria
no te encuentro
salvo en esta calle
que es tu escuela
Invisible niño
¿cuantas monedas vale
esta tarde
tu entrega?

Utilizando el lenguaje malabaristico, encontramos a niños que no superan los 9 años "tirandose” (haciendo su trabajo) en medio de vehículos en movimiento o lanzándose a la calle en cada luz roja para "convertir" el almuerzo, es decir, cambiar su infantil esfuerzo por monedas que serán después su aporte al sustento familiar, del cual probablemente sean el único pilar.

En este plano no existen dobles lecturas, por cuanto se trata de una de las tantas formas de trabajo infantil que vulnera derechos fundamentales de la infancia. Porque el espectáculo más que sorprender, abruma y ensombrece, como los ojos tristes del payaso de circo pobre.

Alguien que puede ser un niño, aparece de improviso, para ser luego un invisible más de la ciudad. Porque en la profunda ignorancia que aún persiste sobre esta temática, ni el niño, ni sus obligados espectadores quizás, se reconocen como sujetos portadores de derechos humanos, haciendo que esta revelación sobre la pobreza dura y vulneración se perciba solo por 50 segundos.

Una sociedad de libre mercado como esta debe aceptar la coexistencia de todas las formas válidas de trabajo, especialmente del segmento joven, históricamente excluidos del acceso a trabajos de buena calidad, en condiciones de ejercicio dignas y seguras. También debe fomentar todas las instancias de protección donde se utilice la recreación como recurso, como es el caso de las escuelas artísticas para niños y jóvenes.

Sin embargo, en un contexto de calle donde todo vale, la economía social de mercado, gestionada por el Gobierno de turno, debe prestar especial atención en las formas de trabajo que vulneran los derechos y obligaciones de los niños: asistir a la escuela, ser atendidos por un adulto o institución responsable que provea su sustento, estar protegidos en su integridad física y mental, tener acceso al juego. En este caso, no con fines remunerativos, sino por el solo hecho “de jugar”

Web recomendada:
http://www.malabarismo.cl/