domingo, 12 de junio de 2011

Hacia donde van

Santiago de Chile, Octubre 17 de 2007



Les voy a hablar del hombre y hacia donde va. Es simple, pero se los diré nuevamente, porque es charla habitual para los estudiantes como ustedes. Porque tienen que saber que siempre somos estudiantes del Alma, saberes que en todo momento son susceptibles de llevar a la práctica, más que los oficios de carpintero, arquitecto o médico.

Si aprenden el oficio del Alma, podrán ayudar aún más con el conocimiento, poniendo a lo sensitivo en primer lugar. Luego pueden desempeñarse en otros oficios afines o cualquiera al cual ustedes se sientan cercanos, pero nunca alejándose tanto del centro, como ser banquero o corredores de bolsa, por deciros algo.

El ser humano es tierra, humus. Desaparecerá. En el fondo: el Alma. Detrás de la cáscara superficial que es tierra y que como dicen ustedes, volverá a la tierra de donde ha venido. De ahí la transitoriedad, la débil y equivocada creencia que podrán llevarse algo. Os digo que nada podrán mover de acá salvo lo aprendido que queda grabado en el Alma del caminante.

Todos poseemos un registro en el Alma. Todos hemos vuelto una y otra vez al centro por medio de la experimentación con el cuerpo y la mente.

El cuerpo como tierra originaria hace germinar todo tipo de vida en él. Vidas buenas o malas. Podrán percibir en los muchos lugares y personas que vuestros ojos han visto.

Alguno cargado hacia la bondad y la comprensión. Otro cargado, según su historia, a la oscuridad de una vida de sufrimientos en el cuerpo. Aunque existen un sinnúmero de otras fuentes generadoras de sufrimiento. De aquello también ya hemos hablado.

Pero todo lo que ven acá está hecho de la misma materia del ser humano y los seres vivientes. Se introducen en una realidad adecuada para vuestro nivel de conocimiento y necesidad, y aparecen no recordando nada de lo que alguna vez fueron y les sobreviene el sufrimiento desde todos los niveles posibles.

Entonces están sumidos casi siempre en una profunda desesperanza por la ignorancia de quienes son. Pero si no fuese así el juego tendría que ser suspendido, hubiéramos cerrado el “partido” con los equipos perdedores, derrotados, sin haber jugado nada de partido.

Ustedes tienen que jugar aquí, para saborear el triunfo. Entonces dan ganas de seguir y seguir jugando, porque ya han conocido a lo que sabe y os gusta.

Deben aprender y querer jugar, no solo aquí. Manejar el oficio de aprendiz en todo lo posible. De eso se trata. Tanto aquí como en los templos que visitamos está escrito. Solo deben recordar la labor y función de aprendiz y entregarse a la dulzura, porque siempre atrás de ustedes está el Maestro. Si no fuese así, no hubiese nada que aprender ¿de quién? ¿Para qué?

El maestro observa. Sabe los errores y aciertos del aprendiz. Desarma su obra cuando la ha terminado, aunque el pequeño se enfurezca y no comprenda. Luego, al final de la tarde su lección habrá aprendido, y luego al final de las semanas, habrá conocido al menos, la puerta de entrada al conocimiento.

Que no es el conocimiento de la cabeza, sino del corazón. Ya que manejan el lenguaje verbal, deben aprender a manejar el lenguaje del corazón, del silencio. Donde todo puede ser nuevamente fundido en el fuego, para transformar las almas y ser.

domingo, 5 de junio de 2011

CARTAS

15 de agosto 2007

CARTAS

Ser un canal. Aun no sé cómo se hace, no lo sé. No hay fórmulas, solo resultados asombrosos y espiritualmente muy potentes. Este arte no se transmite como enseñar a tallar una madera. Me parece que se trata de algo singularmente profundo y misterioso, vinculado a nuestros acuerdos o contratos sagrados, como he oído hablar.

De aquello no comprendo ni trato de comprender demasiado desde la razón, que tanta falta hace y tanto daño también. Solo sé que tenemos un acuerdo, algo relacionado a "no recordar" mientras estemos en el juego de la ilusión: ILUSION de pensar que estamos separados y que ALGUIEN nos puso en este lugar sin salvavidas.

Lanzados al mar, a una existencia extraña, enmarañada, donde tenemos la sensibilidad de observar las sombras al lado del camino, debiendo enfrentar incluso el rechazo de lo que somos, en la propia ignorancia de nuestras capacidades innatas. Tambien las enfermedades del cuerpo y los continuos sufrimientos de la mente a causa del apego.

Amados hermanos, me siento inmersa en este mar desconocido que sigue siendo este lugar. A veces extraño cierto aroma a naranjos, a flores silvestres, corriendo un viento húmedo. Estando con ustedes riendo y contando historias sobre como evolucionan las humanidades y cuales son los caminos que cada uno sigue para superarse a sí mismo.

Compartiendo con ustedes mi querida familia, los extraño. Por cierto han de comentar al otro lado cuanto me ocupo en estos pensamientos vanales, dándoles espacio para sentirme acongojada. Yo se que hemos estado en extensos paseos al aire libre, todos, nuevamente reunidos, haciendo un breve quiebre en el JUEGO OFICIAL que hemos inventado para hacer más comprensibles algunos aspectos en divergencia. Materia y espiritu.

Todo eso lo recuerdo. Pero es tan breve ese recuerdo que me involucro con los demás pensando que todo esto de afuera es cierto, y me atacan la ira, la pesadumbre, y luego nuevamente enfermo en algun lugar vulnerable. Mis campos oscurecen, mientras recuerdo haber elegido esta encarnación lejos de ustedes, a los cuales tanto añoro.

Pero algo me hace sentir feliz: que un minuto mío aquí es una brevísima fracción de tiempo y que pronto regresaré con ustedes, si es que no me designan una nueva misión o bien dicho, si no me proponen UNA NUEVA que por cierto HE DE ACEPTAR.

Sabréis de mi caso casi siempre por medio de estas misivas que por vuestros "esotericos" medios podrán leer y degustar. Lo otro es simple: cuando ustedes y yo acordemos estos encuentros que yo ahora no recuerdo. Es parte de mi “castigo” el cual disfrutan sabrosamente al otro lado. Les doy entonces motivo para que riáis largamente.

Ahora sabrán que estamos preparando una tierra nueva. Estamos vivenciando en nuestros cuerpos físicos y energéticos una serie de cambios muy intensos. La gente está preocupada, veo mucha inconciencia, abatimiento, gente sin rumbo, como si fuesen "desclasados", no recuerdan quienes son.

En cuanto a esto, los seres humanos estamos tomando palco de sus propios problemas, nos apartamos. Muchos creen ciegamente en esta medicina gobernada por hombres llenos de ego, pero con un buen corazón en el fondo. Es una crisis energética muy intensa, nadie sabe para donde ír, se aferran acualquier cosa, no quisiera decirlo así. Ustedes pueden observar todo esto, e infinitamente les agradezco toda la asesoría para hacer frente a la avalancha de preguntas que vienen de este proceso.

La ayuda casi siempre es insuficiente. Esto me conmueve, moviliza, me sensibiliza en extremo hasta a veces salir de mí y desconcentrarme. El dolor me desconcentra, pero es parte del acuerdo tomado con ustedes. Gracias por aquello que me dan a través de los humanos guías que tengo, aquellos amigos que me acompañan y por los cuales siento un profundo aprecio.

Sé también que ese es el camino por ahora. Al finalizar mi viaje lo habré experimentado tantas y tantas veces, que creeré firmemente en la sagrada capacidad del sufrimiento para hacer humanos más concientes. Lo habré experimentado en mí y también lo abré visto en mis hermanos, sin haber querido ver todo eso.

Afuera la brisa corre para despejar en algo mis pensamientos, el espectáculo de la naturaleza es abismante y hermoso. Todo continúa moviéndose en dirección ascendente, en perfecta armonía con todo lo que es.

Se tambien que la externalidad de este plano parece ser la barrera más difícil de saltar. El errado pensamiento de que TODO LO QUE ES está separado y que el DIOSUNO pertenece solo al misticismo esotérico de las sectas religiosas.

Gracias por enseñarme a comprender que TODO LO QUE ES aquí, es también todo lo que el ser tiene en su corazón. Allí radica mi esperanza. Por ahora comprendo lo que hay que hacer y no hacer. He descansado con mi corazón en paz en estos instantes de comunión junto a ustedes. El tiempo dirá todo lo demás: mientras tanto y como siempre, todo continúa moviéndose hacia arriba, en espiral ascendente.

Karina

sábado, 28 de mayo de 2011

MISIONEROS DEL ESPÍRITU

En nuestro diario trabajo como terapeutas es común recibir a personas que buscan sanación física, mental y espiritual; en general se trata de personas que vivencian una profunda crisis en sus vidas personales y familiares. Estas crisis se manifiestan en enfermedades del cuerpo y del alma, entre las más comunes: depresión y estrés avanzado, todo lo cual nos ha llevado al convencimiento de que la más dura prueba que tenemos como humanidad, es ganarle a la desesperanza, al desamor y a la ausencia de sentido de la propia existencia.


El mundo espiritual nos provee de las herramientas para hacer nuestro trabajo y otorgarle un sentido más elevado, siendo fuente de mucha información específica que nos permite ayudar a muchos seres que buscan su mejoría. Desde este plano recibimos instrucciones, las que complementamos con la propia experiencia de vida y los conocimientos teóricos adquiridos a través del estudio a nivel intelectual.



Desde ahí somos testigos presenciales de muchas experiencias que solo pueden ser entendidas y explicadas con una actitud abierta y desprejuiciada, comprendiendo que como seres humanos vivimos insertos en múltiples dimensiones, aunque la mayor parte del tiempo pensemos que la experiencia física y sensitiva es la única real, dado que podemos verla, tocarla y experimentarla con otros.



La experiencia nos ha hecho ampliar nuestros horizontes de comprensión hacia algo más vasto, más inmenso. Una conciencia de totalidad donde somos a la vez uno, pero vinculados amorosamente a todo lo demás. Junto a los otros miembros de este equipo de Maestros de Reiki, somos canales de Amor, esto significa en palabras simples que estamos insertos en una misión que implica recepcionar, dirigir y anclar nuevas energías sutiles provenientes de planos superiores, que permitirán a su vez, realizar cambios profundos que faciliten la sanación de las viejas heridas que impiden a muchos seres experimentar la felicidad en el aquí y el ahora, con miras hacia un trabajo futurista, del cual probablemente también seamos testigos.



Se trata de aprender a vibrar en una sintonía distinta, donde no cabe el temor, el rencor ni el odio, sino el respeto por sí mismo, la solidaridad y la compasión hacia todos los seres vivientes, partiendo por la propia casa, que es la morada del Íntimo, nuestro Padre, Dios o como se desee llamar.



Comprendemos que el cambio solo es posible cuando por propia voluntad se ha decidido romper con los viejos esquemas que impiden amar y que mantienen aún al ser humano sumido en una profunda crisis personal, familiar, y por ende, social. Sin embargo, solo una profunda crisis permite en la mayoría de los casos, un despertar de la conciencia: la certeza de que somos parte de un todo que nos cuida y protege, y al cual debemos a su vez cuidar y proteger.



Quienes han dirigido sus esfuerzos hacia su sanación, han comprendido muy bien que se trata de una fuerte decisión que parte por una férrea intención de convertirse en mejores personas. La intención, la fuerza que mueve al Universo que es Amor, activa un dispositivo interno y externo muy poderoso, que parte por la elevación de las tasas de vibración, que modifican el sistema físico, mental, biológico e inmunitario, lo cual se verifica en la remisión de los síntomas negativos que la persona percibe en sí misma: estado interno negativo, malestares del cuerpo, angustia, inseguridad, etc.



Emerge entonces una conciencia distinta donde es posible percibir mayor tolerancia, paz interior y reconocimiento de sí como un ser integral, vinculado con la totalidad.



Como Misioneros del Espíritu, nos movemos continuamente en múltiples planos. A medida que hemos adquirido una mayor y más rica experiencia en el trabajo con otros, hemos aceptado racionalmente la posibilidad de contactar seres que habitan en planos superiores, Maestros o Guías dedicados a apoyar los trabajos de sanación.



A partir de esta experiencia, contamos con registros escritos de mensajes recibidos desde el año 2003, provenientes de seres de una naturaleza amorosa inmensa y que han superado la barrera del cuerpo físico, pudiendo desplazarse interdimensionalmente.



Estos mensajes han sido canalizados desde un emisor (entidad, ser de luz) a un receptor (Maestro de Reiki) que actúa como canal parlante para así hacer comprensible el mensaje. De un grupo de cinco maestros de Reiki, tres de ellos actuaron en diversas ocasiones como canales parlantes: Marco Guerra, Alejandro Hernández y Karina Olivares. Cada una de esas experiencias fue particularmente educativa, permitiéndonos desde ese entonces (año 2003) profundizar nuestro compromiso por el servicio desinteresado, con el solo objetivo de honrar a la Totalidad que es Dios, la fuente del Amor y la compasión.



Por otro lado y de manera muy patente, otras formas de manifestación de la conciencia espiritual se han hecho presentes. Se trata de seres humanos que se encuentran en zonas intermedias del pasaje entre la vida y la muerte, en proceso o ya desprendidos completamente del cuerpo físico y de la experiencia vital actual. Esta experiencia es particularmente conmovedora, toda vez que nos pone en el tránsito y la pregunta por nuestra propia muerte y el proceso que conduce a ella.



La existencia de esta realidad puede inquietar a muchos, sin embargo, la ignorancia inicial debe dar paso a la certeza de que la vida es un continuo, que la presencia del ESPÍRITU es infinita e imperecedera y que éste no se encuentra ligado a la finitud de un cuerpo físico determinado. Debemos comprender a que una vez adquirido un cuerpo, los plazos de envejecimiento y muerte se encuentran marcados y definidos ya desde el inicio.



Muchos encontrarán su camino espiritual con el advenimiento de una grave enfermedad o una crisis personal profunda, otros lo harán ad portas de su propia muerte, sin embargo, todos y cada uno habrá de encontrar su camino y su pasaje hacia mejores condiciones de vida. Lo que observamos es una profunda búsqueda que sin duda dará sus frutos en quienes se encuentren con el corazón y el Alma dispuesta a dar el gran salto cuántico hacia la plena salud, que significa la vivencia del Amor pleno.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Posnatal con letra chica

Por Karina Olivares
Trabajadora Social Universidad Raúl Silva Henríquez

El proyecto de ley presentado por el Ejecutivo, que flexibiliza el descanso prenatal de 6 a 4 semanas y que extiende el posnatal de 12 a 24 , ha abierto un debate sobre las implicancias concretas que tendrán estas medidas para la mujer trabajadora y su empleabilidad. Se trata de un proyecto emblemático, concebido en los gobiernos de la concertación y que recién ahora pasará a discutirse a nivel legislativo, donde se espera que el texto final haya resuelto los vacíos y dudas razonables que quedan en el aire.

24 semanas y no hay más

Desde luego es una alegría saber que no estaremos obligadas a retomar el trabajo cuando nuestro hija o hija haya cumplido los 3 meses de vida, sino los 6. La pregunta que surge es ¿se necesitaba realmente extender el posnatal o lo que había que corregir era el “mal uso” que se les daba a las licencias, hecho que le costaba mucho más dinero al Estado? A saber: son pocas las mujeres que tienen el corazón para dejar a su hijo a sus frágiles 12 semanas, por lo cual recurrían a la "licencia por enfermedad grave de hijo menor de un año", el recurso disponible hasta hoy para quedarse con el niño o niña más allá de los 3 meses legales.

Al extender el posnatal, lo que hace el Estado es "transparentar" un uso social, es decir, reconoce que las mujeres chilenas SÍ se quedan con sus hijos más allá de los 3 meses y en promedio hasta los 8 -estuvieran o no enfermos-recogiendo con ello una praxis habitual de las familias chilenas en las cuales la madre es también trabajadora contratada.

Todo el mundo sabe que las mujeres no estamos dispuestas a dejar a nuestros hijos a los 3 meses de edad, por tanto esta Ley podría no haber sido prioridad –de echo no lo fue para los gobiernos de la concertación- El problema surge cuando este modo cultural atenta contra las arcas del Estado y los grupos de poder.

La pregunta que sigue entonces es: transparentando este uso social ¿qué sucederá con el recurso "licencia por hijo menor de un año" por cuanto la extensión del posnatal le quita de inmediato 6 semanas y quién sabe cuántas más? Les sugiero entonces leer la letra chica donde dice que la licencia por enfermedad grave del hijo menor de un año, ahora tendrá que cambiar de nombre, hasta lograr quizás, su extinción paulatina al existir evidencia que las mujeres al terminar las 24 semanas, vuelven al trabajo, sin presentar “Licencia por enfermedad grave de hijo menor de un año”.

En términos prácticos, era a lo menos "impopular" decir que le están quitando piso a este derecho. Era mejor decir que nos amplían el descanso de 12 a 24 semanas, así no hay razón para ocupar los otros recursos. Queda mejor escrito con letra grande.

Papás por siempre

Extraño es, por decir lo menos, la posibilidad de compartir el posnatal con el padre. Pero antes vamos a ver lo que tenemos, es decir, lo que hace la gente. Según el Código del Trabajo, el progenitor tiene derecho a ausentarse una semana después del nacimiento de un hijo, lo cual en la práctica se suma, gran parte de las veces, con vacaciones legales u otros beneficios que el mismo trabajador pacta con el empleador. No hay una tendencia o uso social que esté registrando “la necesidad” de que el hombre tenga posnatal, sabemos eso sí, que las parejas jóvenes están logrando equiparar roles, pero eso aún se mantiene en la esfera de lo privado.

Ahora bien, una cosa muy distinta es que un hombre vaya donde su empleador a señalarle que ahora también "hará uso de su posnatal". Perdón, el posnatal que su señora le está cediendo porque ella tiene que ir a trabajar. Lo siento, no somos tan modernos. Con el estado de precarización laboral que tenemos en Chile, podría ser un suicidio laboral.

El proyecto de ley no es para nada claro en este tema central y que se pregona como "igualdad para la crianza entre hombres y mujeres". En este punto señala que la mujer puede compartir con el hombre 6 semanas de su posnatal extendido, pero no indica por ejemplo, si al ceder estas semanas la mujer pierde su fuero y debe volver a trabajar (letra chica) dejando a su hijo aún lactante con un padre que por razones obvias no lo podría amamantar. Otra pregunta, si ambos se quedan en la casa, asunto que contribuiría a compartir roles de crianza ¿cómo y con qué prontitud se pagarán estas dos licencias simultáneas generadas?

Sabemos que las COMPIN son encargadas de pagar licencias a los beneficiarios FONASA. Pero con una entidad tan cuestionada como esta, me parece que nadie en su sano juicio optaría por depender doblemente de ella. Y aunque fuera un solo sueldo, en el caso hipotético que el hombre asumiera el posnatal de 6 semanas, se sabe estadísticamente que son los hombres mejor remunerados que las mujeres. Solo por este dato, no conviene que el papá se quede en la casa.

No digo con esto que no sea justo. Se trata simplemente de un impedimento práctico. Con las COMPIN en medio de la polémica ¿Se imagina una familia donde ambos (padre y madre) están a la espera del pago de licencias, con todo el riesgo que ello implica? Razonablemente el hombre optará por no recurrir a este doble "descanso" de paga incierta. En este punto la letra chica es también letra muerta. Realmente impracticable.

Prenatal: ¿Flexible para quién?

Por otro lado, el descanso prenatal en la actualidad es de 6 semanas, es decir, más o menos a los 7 meses y medio de embarazo. El proyecto de ley que lo flexibiliza, dice que podemos elegir si tomarnos “con o sin hielo” este descanso, es decir, si disminuir estas semanas de 6 a 4 y dejar estas dos semanas "guardadas" para agregarlas al posnatal, que de ser así quedaría en la no despreciable suma de ¡26 semanas! algo así como los 6 meses y medio del niño.

Visto de este modo es atractivo. Lo que no es atractivo es sin duda, quedarse trabajando hasta los 8 meses de embarazo. No solo por las molestias físicas que se presentan durante el último mes, sino para la merma en la labor que realiza la mujer. Sabemos que la producción se reduce con tal avanzado estado de gestación. Por otro lado, a los 8 meses los mismos compañeros de trabajo incitan a las madres a retirarse a sus casas "a descansar".

Punto a parte merece señalar lo que significan las malas condiciones laborales y la precarización de los puestos de trabajo que deben enfrentar el grueso de los trabajadores chilenos, con extenuantes jornadas laborales, en entornos contaminados de estrés y otros más ambientales, más un sistema de locomoción colectiva pésimo, que es poco y nada amigable para las personas con movilidad reducida, quienes en hora punta no se ven en el Metro, ni menos en Transantiago.

Lo real es que, sea como sea (por orden médica o por deber moral) la mujer comienza a retirarse del trabajo a partir de los 7 meses de gestación y no piensa en como "quedarse más semanas" para producir más en la pega, por tanto es muy poco probable que se haga uso de la flexibilización.

“Clase media” excluida

Acápite aparte merece la más comentada de las medidas que propone este proyecto, de todas las anti clase media, la peor: cual es la exclusión de este proyecto de ley del segmento de mujeres que ganan más de $650.000. A ellas el Estado no les pagará porque representan un porcentaje quizás pequeño de mujeres trabajadoras con contrato laboral (18%). Ellas quedarán con las mismas 12 semanas de posnatal del sistema antiguo, y en la total incertidumbre sobre el uso de la opción "Licencia por enfermedad grave de hijo menor de un año". A la deriva, sin nada a qué echarle mano.

La duda que me queda es si esta ley apunta a cómo generamos más tiempo de la madre -y el padre- con sus hijos independiente del status que tenga o bien, se configura esta como un instrumento legal más para discriminar y excluir a la mujer, tanto en sus oportunidades de empleabilidad (al empresariado no le gusta este proyecto de ley) como en su capacidad de crear mejor calidad del vida a través del mismo.

Veremos cómo queda la ley tras haber pasado por el poder legislativo, donde se espera la más amplia discusión y participación de todos los sectores implicados.

lunes, 1 de noviembre de 2010

VIENTO SUR*

Por Karina Olivares


Corría una brisa fresca, algo fría, esa tarde en que la machi del pueblo aceptó hablar conmigo.

Robusta, de baja estatura, intensos ojos oscuros y de muy pocas palabras. Rosa Raipán no era muy distinta a las otras mujeres del pueblo, aunque a poco andar noté el rasgo que la hacía ser diferente, muy diferente a las demás: su figura parecía fundirse íntegramente con la exuberancia del lugar, a orillas del lago Maihue, donde residía junto a la comunidad de Rupumeica.

Su familia poseía por linaje la facultad de curación, pero no había una machi verdadera hasta que un peuma premonitorio le avisó a su abuelo Juan que ella tenía que desempeñar este rol en el pueblo. Los primeros años fueron duros. Ella y su familia sabían que sería así y por eso la niña Rosa lloraba. Pero con los años, adquirió la sabiduría que le permitió desplegar todo su poder curativo, haciendo entonces realidad el lejano sueño de su abuelo.

Entre sus múltiples actividades, la machi Rosa tenía autoridad para alejar del pueblo los espíritus malos, aquellos que las más viejas del caserío percibían cuando entraba viento norte a sus casas. Al mantenerlos lejos, Rosa ahuyentaba también la incertidumbre, el miedo y una que otra enfermedad asociada a ellos. Aunque si un malestar lograba debilitar a algún miembro de la comunidad, sabía preparar el lawen adecuado con hierbas y plantas que recogía desde el prado por las mañanas.

Nuestra conversación fue fluida y también a ratos se hizo de grandes silencios. Esta enigmática y poderosa mujer parecía conocer todo lo concerniente a su comunidad. Los momentos de alegría, sus preocupaciones, lo que favorecía la salud y las acciones que atraían la enfermedad y la muerte. Tenía tantas preguntas por hacer a Rosa... pero el viento hacía crujir las copas de los árboles, silbando una canción que se fundía con una trutruca que alguien entonó a lo lejos, haciéndonos recordar que debíamos volver al pueblo.

Un hermoso manto estrellado nos esperó en la entrada del caserío, mientras que al interior el fuego central de las viviendas encendía las conversaciones que ese día sostuvimos hasta muy entrada la noche. Ya arropada para dormir medité sobre lo que había escuchado por boca de esta mujer y de parte de su comunidad. Coincidimos en vernos nuevamente para hablar del motivo que me había traído hasta el pueblo, una vez hubiere descansado del largo viaje que emprendí por motivos laborales, desde Santiago a Rupumeica.

Pero el arduo trabajo comunitario de esta mujer me impidió verla hasta al menos tres días después de nuestro primer encuentro. Me urgía contarle del motivo que me atrajo hasta el pueblo: nuestra paciente y antigua miembro de su comunidad, Juana Curinao.

Me intrigaba conocer las verdaderas causas que estaban detrás de la grave y repentina enfermedad que la había aquejado, y por la cual Juana había muerto hace pocas semanas atrás. Se trataba de una mujer perfectamente sana, quizás hasta el momento en que tuvo que dejar Rupumeica, hecho que marcó pocos meses después su traslado definitivo a la ciudad de Santiago.
Sabíamos por ella de un conflicto antiguo entre familias. Y que Juana y sus hijos habían tenido que dejar obligadamente la comunidad para ubicarse en una zona apartada, con dirección Norte, fuera de los límites territoriales del pueblo. La machi había atendido los malestares provocados por “las piedras” vesiculares que aparecieron repentinamente en Juana tras esta forzada separación. Una enfermedad que entendían muy bien Juana Curinao y su machi Rosa Raipán, dentro de las particularidades y el contexto vital que compartían.

La relación de ayuda había durado un tiempo, pero probablemente no lo suficiente. Rosa cumplía una función muy importante de acompañamiento y su paciente mostraba signos de mejoría. Pero las fuentes laborales se agotaron y Juana tuvo que aceptar un ofrecimiento de trabajo en Santiago.

Tras este evento Juana no tardó mucho tiempo en empeorar nuevamente. Recordaba frecuentemente a su familia que aún quedaba en el pueblo, sus ancestros, la mano de Rosa que le infundía seguridad y el verdor húmedo que había dejado atrás en la zona lacustre del Sur de Chile. Sin embargo no entendí lo suficiente la añoranza de Juana, sino hasta aquella tarde en que llegué hasta su pueblo natal atraída por su historia.

Apenas pude interrogué a la machi y a la gente que había conocido a Juana, intentando reunir información que me diera claves para entender el porqué de la evolución de su enfermedad. Fue entonces cuando Rosa me dijo con voz clara, mirando hacia su pueblo:

- En este lugar se marca una división invisible que guía el mundo que conocemos, conformado por la tierra y el mundo invisible de nuestros significados, donde habita el Mapuche y los otros seres de la naturaleza, con los cuales debemos vivir en armonía.

Había escuchado sobre la cosmovisión mapuche, pero ella me estaba revelando una nueva explicación de una simpleza extraordinaria. Prosiguió:

- Si esta armonía se rompe, vienen los espíritus malos, oportunistas que nos debilitan. Ellos son los responsables de algunas enfermedades que nos aquejan y que la mayor parte del tiempo puedo entender porque alguna armonía que teníamos entre nosotros se ha quebrado, por alguna disputa o conflicto antiguo, pasando a llevar nuestras leyes sagradas. Acepté ser la machi del pueblo, para guiar y acompañar a los miembros de mi comunidad, pero no podemos romper la armonía con la tierra porque nosotros somos la tierra. A veces para ayudar y ahuyentar a los espíritus malos, necesito conocer a la familia del enfermo y si es necesario a los ancestros de esa familia. La de Juana era una enfermedad mapuche que ustedes atendieron como mejor podían hacerlo, con los conceptos acotados que poseen sobre salud y enfermedad, pero los esfuerzos desplegados por ustedes en el norte no fueron suficientes, porque su dolor era por la tierra en conflicto que había dejado atrás. Juana tenía añoranza del viento que corre aquí en el sur y quería reunirse con sus ancestros.

A través de sus sabias palabras entendí la integralidad de la medicina que ejercía Rosa con su pueblo y comprendí un poco más a Juana “nuestra paciente en el norte” como decía la machi Rosa. Entonces me pidió que la acompañara a caminar un poco más lejos, para escucharme hablar de nuestra medicina y sus resultados.

Logramos subir con dificultad una porción de tierra hasta llegar a una explanada, desde donde se veía el pueblo de Rupumeica en toda su magnitud. Entonces Rosa clavando su mirada oscura en el amplio territorio, me señaló con su mano los cuatro puntos cardinales, haciéndome saber lo siguiente:

- En el Este –me dijo- que llamamos Pwel Mapu, se encuentran los espíritus benéficos que nos traen la claridad para sanarnos y convivir de buena manera con los miembros de nuestra comunidad y la naturaleza. También están allí las casas de nuestros antepasados, desde ellos también recibimos ayuda cuando la necesitamos. Willi Mapu, el Sur, han de saber que es un lugar muy especial para nosotros. Lo que florezca allí nos traerá buena suerte y será beneficioso para nuestro pueblo. Pero tanto Pikun Mapu, el Norte, como el Lafken Mapu, el Oeste, son lugares donde no podemos asentarnos, ni trasladar enceres, familia o negocios. Allí residen los espíritus malos que nos esperan cuando estamos confundidos, ofuscados. Ellos quieren que estemos solos. Son atraídos por el viento norte que los disemina hacia nuestras casas, entonces no vamos hacia esos lugares porque no seremos felices, vamos a extrañar nuestra familia, las ceremonias y lo más probable es que enfermemos, como fue el caso de Juana, por la cual intercedí muchas veces para que pudiese retornar al pueblo.

Bajamos en silencio el monte y el viento frío nuevamente nos obligó a retornar. Sabía que debía descansar para emprender regreso a Santiago a la mañana siguiente, aún cuando hubiese deseado quedarme una larga estadía junto a la machi y su comunidad. Las enseñanzas que recibí, su modo de ver y de mostrarme la cosmovisión mapuche habían cambiado para siempre mi manera de entender la salud y los procesos que conducen a la enfermedad.

Me esperaba el norte con su medicina, que poco a poco, comenzaba a llenarse de interculturalidad, gracias a los espíritus benéficos que nos atrae el viento sur.


* Ganador del 2do. Lugar en el Concurso de Cuentos y Poemas “La Salud Intercultural desde las Letras” organizado por el Servicio de Salud Metropolitano Oriente (dependiente del Ministerio de Salud – Chile) en Octubre de 2010.

domingo, 3 de octubre de 2010

AUTENTICIDAD

Por Karina Olivares

Cuando desaparece lo falso,
aparece lo verdadero con toda su novedad,
toda su belleza, porque la sinceridad es belleza,
la honestidad es belleza, la autenticidad es belleza (Osho)

.

Los antiguos filósofos decían que el sentido de la vida era “encontrar la verdad”. Pero uno no va por la vida buscándola, no hace ese trabajo porque no tiene tiempo para ello. A lo sumo vivimos como mejor podemos hacerlo, en medio de las circunstancias que nos tocan, haciendo frente a los acontecimientos a veces turbulentos, a veces calmos. Proyectando también un poco de futuro, recordando el pasado.

En ese ir y venir la vida pasa rápidamente para algunos y a “la verdad” raramente la encontramos. Pero fuera de lo que podría ser esta antigua discusión filosófica, me gusta pensar en la verdad como aquel sentimiento sublime de estar haciendo lo correcto en el momento exacto, cuando se necesita. Ese momento preciso en que parece que todo está en orden y se tiene la certeza de ir por buen camino. Encontrar un sentido al asunto –decía un amigo- “aunque sea absurdo” o no se tenga plena claridad del resultado. Manifestar la verdad, “caer en cuenta”. No tramitarse más y ser derechamente honestos con nosotros mismos.

Pero cuesta, aunque sé de gente que ha encontrado su verdad y vive algo parecido a la felicidad. La mayoría son viejos, pero conozco también jóvenes que han asumido con autenticidad plena su vida, con todo el dolor o el sufrimiento que puede implicar remover algo que parecía seguro. Todos ellos dieron con ella, con la amiga esquiva verdad, la encontraron quizás después de un proceso trabajoso que se “reinicia” por nuestra parte con un poco de voluntad.

Hablo de reiniciar un proceso porque cuando fuimos niños la inocencia nos trajo esa verdad aunque no éramos plenamente concientes de ella. Esa verdad era un poco ingenua e ignorante aunque muy parecida a la felicidad completa. Luego, obviamente, la perdimos de vista. Con el paso de los años la inocencia fue reemplazada por desconfianza y duda ante un mundo peligroso, algo amenazante, donde había que adecuarse. Entonces la madurez nos hizo rudos, avanzamos en medio de mentiras necesarias que parecían verdad, e incluso llegamos a creerlas, hasta ahora.

Hasta hoy cuando parece que tenemos que cambiar. Porque sea cual sea el motivo por el cual uno se haya olvidado de si mismo, de quien era o hacia donde iba, el desafío es volver a sincerarse, puesto que una de las tareas más hermosas de llegar a ser verdaderamente maduros o algo más sabios, se relaciona precisamente con esta actitud o cualidad que comienza a hacerse más necesaria con el paso de los años.

Pareciera que a cierta edad uno debiese saber cómo no cometer tantos errores y aprender a fluir con los acontecimientos, transparentarse frente a los demás, pero principalmente hacia uno mismo. Aprender a ser auténticos sin tanto esfuerzo, simplificar la tarea. Lograr pararse frente a la vida como aquellos viejos sabios, extremadamente sencillos en su modo de ser y de relacionarse, que van soltando en vez acumular, que callan en vez de rebatir una discusión. Que se quedan solo con lo necesario –que objetivamente es muy poco- y que a la larga se transforman en personas admirables porque están en paz con sus vidas.

Ahora pienso en ellos y en este atributo que es la autenticidad, la honestidad. Me miro en lo que ha sido mi historia y también a todos mis amigos que pasan por algún periodo de crisis profunda a raíz de la cual han tenido que revisar obligadamente cuanta verdad o mentira habían acumulado con los años y qué harán con eso que tienen ahí en sus corazones. Porque estos viejos que están hoy internamente en paz, iniciaron un camino que comenzó a clarificarse (o a ensombrecerse) en la mitad de la vida.

Muchos de ellos lograron surfear la crisis, esa especie de oleaje, marejada o de frentón tsunami, que se viene justo en la mitad del camino a casa, cuando entra un cuestionamiento feroz y despiadado a todo lo que se ha hecho y lo que queda por avanzar con los años que van quedando en frente.

Esta gente admirable, fue crítica frente al proceso de cambio interno, lo afrontó y aceptó lo que muchas veces no se puede cambiar. Supieron también ganarle un día a la mentira, que vestida de omisión, se quiere asentar sobre todo lo que parece estar bien pero que no, o en lo que nos es “cómodo” pero que no necesariamente nos hace más felices.

Pero mientras llegamos hasta allá, a ser auténticos seres humanos, dichosos, diré que no es fácil ser honesto, en lo absoluto. Pájaro raro si te das cuenta que todo está organizado para andar transitando a medias tintas, con verdades maquilladas, viendo el vaso medio lleno u omitiendo, sin necesidad de generar ningún tipo de cuestionamiento a la propia vida o a la de los demás. Por eso da la impresión que algunos andan por andar no más “haciendo el trabajo” masticando un malestar que se podría quedar ahí eternamente.

Una sensación extraña, un sentimiento sobre algo que no funciona, aunque no se sepa bien qué es o mucho menos cómo se arreglaría. O se sabe, pero el arreglo está fuera de nuestro alcance, salvo probablemente ese maravilloso regalo que significa una escucha sincera de quien ha hecho el camino o lo esté recorriendo paralelamente con nosotros. Un amigo, un viejo sabio. Alguno dispuesto con un corazón bondadoso. Todo sirve, para volver a ser auténticos en el camino de regreso a casa.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

MINEROS: LO IRRELEVANTE Y LO IMPORTANTE

Por Karina Olivares


Hacer reduccionismo de los problemas sociales de fondo, es una estrategia política y mediática ampliamente utilizada, que sirve para generar una sensación de pseudobienestar y estabilidad que luego se traduce en silencio, en personas que, estando en su justo derecho, podrían ser fuente de conflicto en un tipo de sociedad que tiende a uniformar y evitar la confrontación a como de lugar.

Dicho lo anterior, me sumo a la cantidad de personas que sienten una especie de malestar, mezcla de vergüenza ajena con pudor, por la forma en cómo se están llevando las cosas en el diario vivir del Campamento Esperanza y cómo este camino, va a impedir a la larga resolver el problema de fondo que terminó con el derrumbe en la Mina San José y estos ya celebres 33 mineros atrapados a más de 700 metros de profundidad.

Basta un poco de sentido común para darse cuenta que se ha generado una intromisión excesiva y poco aportadora en la vida de estas personas atrapadas, quienes encontrándose en esa situación de dependencia y sobre exposición absoluta, deben acatar lo que se decida sobre cómo llevar su cotidianeidad en las profundidades.

Me llama la atención y me avergüenza haberme enterado por el solo hecho de ser telespectadora o lectora de medios escritos, de datos tan poco relevantes para mi persona como los que siguen:

• Qué comieron hoy los mineros. En qué consistió el plato de entrada, el de fondo, el postre y hasta qué tipo de pan están ingiriendo, bajo la atenta mirada de los profesionales que han establecido un estricto manejo de lo que pueden y deben consumir, todo lo anterior con una sobre exposición abismante.

• Qué marca de ropa deportiva los vistió. Aquí el “sponsor” oficial de los mineros, ha utilizando la tragedia de la manera más feroz que se podía haber encontrado para posicionar la marca. Lo que desconoce la oportuna y solidaria empresa, es que el minero históricamente ha desarrollado su labor expuesto a temperaturas extremas y a torso desnudo como dicta la costumbre, por tanto la ropa sería aquí un tanto innecesaria.

• Del contenido de las pocas cartas filtradas inicialmente por la prensa dirigida a las esposas de los mineros, expresión de romanticismo que poco debiera importarnos, cuando se sabe además que las mujeres de los mineros conocen de antemano las largas ausencias que se manejan en este oficio y cómo sus hombres “resuelven” este conflicto.

• Quién se sentía hoy triste o apesadumbrado, tanto para no querer aparecer en pantalla. Desconociéndose también el derecho que tiene cada persona a sentirse “depresivo”, acongojado, irritado, impotente, aislado, en fin, máxime en una situación como ésta.

• Lo que dijeron los analistas de la NASA tras descender en el desierto como si se tratara de la superficie lunar. Estos expertos observadores dejaron indicaciones como por ejemplo: no enviarles música en formato Ipod a los mineros, por el riesgo que corrían de “aislarse”, como si alejarse por un rato de los compañeros de trabajo fuera un delito.

Cabe detenerse en este punto, ya que esta sugerencia experta que busca disminuir a cero toda expresión de individualidad, pasa por alto el derecho a la “intimidad personal” que a todos nos asiste, derecho que a estas alturas les estaría completamente negado por considerarse “peligroso” para la seguridad del grupo y el plan de rescate. En este sentido, el bloqueo y la retención de las misivas desde y hacia los mineros con su familia, cumple la misma función de seguridad para evitar la filtración de datos que podrían ser efectivamente importantes.

• Quién fue el ágil que escribió el ya célebre papelito que se encuentra hoy desaparecido: “Estamos bien en el refugio los 33” Entre otras curiosidades y frases para el bronce que abundan en cuanto matinal oportunista y noticiero está de turno.

¿Qué buscan estos datos de público dominio y de base irrelevantes? Tal vez ensalzar al minero como ejemplo de superación y su ya consabida capacidad de sobrevivencia extrema, enfocándose en la vida que están llevado en las profundidades. O tal vez también, desviar el foco de atención sobre lo que realmente importa, toda vez que es EN LA SUPERFICIE y no en el fondo de la mina, donde se tomaron las decisiones que llevaron a esta tragedia.

Pese a todo, la consigna que vamos a escuchar todos estos meses previos al rescate será: “YA HABRA TIEMPO PARA ELLO” considerando solo lo realmente importante: sacarlos con vida. Aprovechando de hacer un despliegue tecnológico nunca antes visto, que de paso nos instruye en los nombres de las maquinarias, sus especificaciones técnicas, el avance promedio diario que van alcanzando, etc. etc.

Y mientras el tiempo pasa, mientras por fuera buscamos las responsabilidades armando comisiones investigadoras, nos convencemos que lo mejor que puede pasarle al país es el rescate con vida. Y sería bueno aquello sin duda, una verdadera hazaña mundial.

Porque tras la fiesta interminable que resultaría de aquello, el asunto volvería a quedarse en el mismo punto muerto que teníamos al principio cuando nada hacia presagiar la emergencia. Cuando a nadie le importaba qué ropa estaba utilizando el minero extremo o qué comía en la profundidad del socavón, si era diabético, buen escritor, alcohólico, mujeriego o destacado en el fútbol.

En un país con una opinión pública reducida a ser solo espectadora del dato morboso e irrelevante, con la atenta ayuda de los medios de comunicación, una buena opción es rechazar de plano la conveniente intromisión en la vida privada de las personas y el manejo de información por motivos de seguridad nacional. Porque aquello no tiene ni tendrá justificación alguna aunque estos hombres corran riesgo vital o afecte el plan de rescate o lo que sea que se haya definido.

No se trata aquí de resolverles el problema que se define bajo una mirada reduccionista o simplista con parámetros creados convenientemente por quien quizás, nunca ha vivenciado situaciones de pobreza, sino que se trata de alcanzar a conocer el real sentido que este conflicto presenta y la oportunidad que revela, entre otros:

- El respeto a la identidad y privacidad de las personas, por sobre la problemática que lo aqueje.

- El respeto por el modo de vida y la manera cómo las personas van resolviendo sus conflictos con miras a lograr una mejor calidad de vida, ansiado “estado de situación” que dependerá de las posibilidades que tengan de satisfacer adecuadamente sus necesidades humanas fundamentales.

- Y la capacidad de resolver los temas de fondo planteados a nivel social y económico que están detrás de esta tragedia, estos son: falta de fiscalización, flexibilización laboral y subcontratación; altos niveles de cesantía; escasa o nula participación de los propios trabajadores; precarización del empleo. Asuntos importantes frente a toda la pantalla de irrelevancias a las que estamos expuestos cada día.

viernes, 20 de agosto de 2010

HOMBRES BAJO TIERRA II

Por Karina Olivares



La demostrada incapacidad humana y técnica para rescatar los cuerpos de los mineros accidentados en el Norte, reaviva la idea de que definitivamente, estamos asistiendo a la que se ha denominado “la segunda gran tragedia del Bicentenario”.

Un año difícil desde todo punto de vista. Año en que Chile debiese celebrar sus 200 años de vida independiente, pero donde todos los esfuerzos se han concentrado en cómo se reconstruye un país devastado por el terremoto y cómo se rescata desde el fondo de una mina colapsada a 33 compatriotas.

El drama nos toca en el fondo porque los mineros no solo representan un oficio que ha sido el sustento económico de generaciones en el Norte, sino que además, son una clase de hombre muy respetada y querida por las duras condiciones laborales que debe afrontar, y de las cuales salía casi siempre adelante, abrigado por su fe inquebrantable a la Virgen de la Candelaria o San Lorenzo patrono.

Religiosidad que por cierto, parece hoy sustituir las exigencias de seguridad que deben estar presentes en toda faena minera porque son derechos laborales especiales, mismos por los que tanto lucharon antaño estos hombres o sus abuelos, cuando se sabía muy bien que algo más aparte de Dios, podía protegerlos de los embates de la naturaleza o de un patrón ambicioso.

La de febrero y ésta, son dos tragedias que han tocado a los más pobres de nuestro país. Como es sabido: a los que vivían en el Centro y Sur en sus casas de adobe, en pueblitos perdidos por los que nunca había pasado la mano del desarrollo. Los que trabajaban de manera sencilla gracias a la pesca artesanal o del turismo en época estival. O estos mineros, que conociendo su destino se internan en un socavón fracturado que puede ceder en cualquier momento, dejándolos atrapados sin escapatoria.

Ambas emergencias han tenido su origen en la Tierra, se asocian al fenómeno natural, a la intervención del hombre, a circunstancias fuera de nuestro control quizás, pero cuyas causas terminan recayendo al final del día en un mismo vértice común: el problema social por la pobreza que dejan al descubierto.

Una pobreza que se ve claramente reflejada en el abandono y la negligencia al no supervisar faenas peligrosas porque esa gente era considerada de tercera o cuarta categoría, “trabajadores desechables” como se ha dicho. Vidas cegadas por el silencio de los responsables que reabrieron una mina clausurada, sabiendo que la necesidad de esos hombres iba a facilitar el que no cuestionaran las condiciones que se les estaban presentando.

La mesa está irremediablemente servida para la ocurrencia de este tipo de tragedias, en un Chile Bicentenario que otorga facilidades al empresariado para que subcontrate personas como objetos prescindibles, con la comparecencia de otros factores “ayudadores” como son la escasa o nula capacidad de supervisión del Estado.

En fin, no será este un año para celebraciones. A lo sumo será una oportunidad para generar una reflexión profunda de cómo han sido llevadas las cosas hasta ahora en materia social y laboral. Con qué cuidado se han implementado y focalizado los programas tendientes a superar la extrema pobreza. En qué medida se han dado a los más pobres oportunidades laborales concretas para que no sigan replicando los mismos trabajos precarios de siempre, o se sigan construyendo asentamientos humanos inseguros, que mañana serán barridos por un alud, un derrumbe o una ola, llevándose todo lo que tardó “una vida” en ser construido. Y de esos ejemplos hay tal vez demasiados en nuestra historia y loca geografía.

En suma esta es la tragedia de la precariedad, de las personas que perdieron su vida pero que antes perdieron su derecho a exigir mejores condiciones laborales, por desuso de un derecho humano, en un sistema que no los considera y que obstruye la participación social por considerarla peligrosa.

Pero Chile no solo es esta cifra que se eleva a un 15% de la población en extrema pobreza, también vive aquí la otra parte del país que no verá el dolor de la pobreza porque no la conoce, porque está ocupado en generar las riquezas con toda la ley e instancias públicas o privadas a su disposición.

Un Chile compuesto por los ingresos más altos, que verá en ésta, solo una más de las tragedias naturales que se generan producto del infortunio que azota siempre a “los más desfavorecidos”. Los que no lograron integrarse porque son “flojos”, porque no buscan oportunidades, porque viven en zonas conflictivas vinculadas a la delincuencia o al tráfico de drogas, o simplemente porque les suceden una tras otra este tipo de desgracias.

Es de esperar que la lección de esta tragedia pueda ser entendida por quienes están definiendo hoy las políticas públicas a nivel macro. El impacto de una decisión en los niveles superiores, sabemos, recae a corto plazo en las personas, sus familias, en el trabajo al cual pueden optar los jefes de hogar, en las oportunidades de educarse y en otras áreas tan sensibles como esa.

Seguiremos siendo espectadores de casos tan lamentables como el de la Mina San José, si los que están a cargo de tomar las decisiones no las asumen con la responsabilidad política, económica y social que se requiere y solo ven en ello su beneficio económico.

martes, 10 de agosto de 2010

HOMBRES BAJO TIERRA

Por Karina Olivares


Me conmueve profundamente lo que sucede con los mineros en el norte de nuestro país. No solo porque hoy no se sepa qué sucederá con los 33 hombres que se encuentran sepultados a no se sabe qué distancia bajo tierra. Porque han de saber que cuando en los medios se dice “señores, se encuentran a 300 metros e incluso en un refugio a salvo” esta es solo la versión oficial. En realidad, eso podría ser el doble o el triple. No es misterio que los medios mienten y “omiten” so pretexto de no alarmar a la población.

Me conmueve porque ellos, los mineros, son ya una especie en extinción. Ellos van a la mina. Van y vuelven en una especie de noviazgo que puede terminar en tragedia un día. Quinientas veces vuelven con la certeza que esta podría ser la última cita. Ellos saben que la mina los puede sepultar vivos, como a estos 33 hombres que notaban hace rato el crujido y el goteo de las paredes subterráneas en su eterna enamorada.

Ellos, al fragor de este oficio saben, entre muchas otras cosas, cuando la mina simplemente ya no dará más de intrusiva excavación. Cuando se acercará el día en que el turno final les toque a ellos o alguno de sus amigos entrañables. Cuando uno de ellos sea llamado sin retorno a las profundidades, a rendir cuentas por la única ilusión que han tenido en sus vidas, el ser dueños de esta esquiva diosa mineral.

Los mineros saben que cada gramo vale, que la mina cobra su peso en oro, el mismo que extraen a destajo, subcontratados por la empresa multinacional a la cual poco y nada le importa quiénes son estos hombres que suben y bajan hacia su destino. En ellos la necesidad siempre puede más, la pobreza, las generaciones tras generaciones haciendo lo mismo.

Porque más vale morir como buen minero que ser un desclasado, uno más de los tantos que afuera no tienen para dar de comer a sus hijos y terminan como muchos antaño honrados, metiéndose al juego del tráfico, que en el norte y las zonas fronterizas es grito y plata, como lo fue antes el oficio de la minería.

Ahora, con el paso de las horas, solo cabe esperar mientras unos pocos deciden cómo comunicar estratégicamente lo que nadie quiere escuchar, la mala noticia de que “Dios” se ha llevado a estos mineros, eufemismo infame que encubre la verdadera mala noticia nacional: el atropello sistemático a los derechos especiales que le asisten a este tipo de trabajador extremo, el que labora a kilómetros bajo tierra, el que hace faenas extractivas en el mar o el que simplemente expone su vida porque “no le queda otra”.

En esta historia no solo la vida de los mineros ha quedado en suspenso, sino toda la pantalla de versiones que giran entorno a esta tragedia. Suspicazmente, pueda ser que el famoso ducto de ventilación por donde se supone podrían haberlos rescatado en primera instancia nunca haya existido. Tampoco el famoso refugio tiene porqué haber estado o la distancia a la que nos dicen se encuentran realmente los mineros.

¿Cómo saberlo? Me otorgo el derecho a la duda considerando que la misma Iglesia -muy emparentada con las cúpulas de poder económico- denuncia que las condiciones laborales y estructurales de la mina San José eran “muy similares” a las de principios del siglo pasado. Y la cara les queda donde mismo.

Mientras unos piensan cómo comunicar el asunto para que no parezca ésta una sociedad en la que se vulneran a diario los derechos laborales, tal como se hacía hace 100 años, las transnacionales de la megaminería siguen especulando con las divisas y las vidas humanas. Ellas, las grandes, las responsables de esta tragedia van a seguir buscando oro, plata, cobre e incluso uranio un poco más allá cuando todo esto deje de ser noticia.

Ellas, las que supuestamente le hacen el “sueldo” a Chile –léase el sueldo al quintil más rico de este país- provocan la desaparición de montañas y la fisura del suelo en kilómetros de distancia bajo tierra. Las grandes intocables son las mismas que en sus faenas utilizan 9 toneladas de explosivos diarios y generan otros 18 de desechos tóxicos para fabricar un hermoso anillo de oro que va a engalanar a la señora del gerente. Mismos desechos que llegan a las personas a través del agua contaminada, misma que va a tomar el hijo del minero pobre que arriesgó su vida ayer.

En fin, la muerte o el rescate de estos 33 hombres bajo tierra es sin duda, el último eslabón de una depredación sin límites, la resultante de oscuros intereses económicos que desconocemos en su real dimensión, pero que ahora cobran estas vidas como lo hicieron también antes en los otros episodios de nuestra historia de desastres nacionales.

De estos impasses, está hecho el crecimiento, el desarrollo, nuestra patria que es paraíso de inversionistas. Para que lo vayamos sabiendo, éstas son las cifras oscuras con las que se hace el sueldo de Chile. Sepa entonces “Dios” -nuestro refugio ante la adversidad- retribuir el esfuerzo de estos hombres anónimos, para seguir construyendo las mismas desigualdades de siempre.

viernes, 23 de julio de 2010

LOS DOS PRADOS

Por Karina Olivares

«El hemisferio izquierdo analiza el tiempo,
mientras que el derecho
sintetiza el espacio»
Jerre Levy


Hace exactamente dos meses, el compositor, cantante e ícono de la música ochentera, el argentino Gustavo Cerati sufrió un Accidente Vascular Cerebral que lo tiene hasta hoy sumido en un estado vegetativo permanente, es decir, “invariable” e irreversible desde el punto de vista médico, a pesar de todos los esfuerzos por volverlo a la vida conciente.

Su estado vegetativo se debería a que tiene afectado “gran parte del hemisferio cerebral izquierdo” a raíz de una hemorragia, y también una zona fundamental, homologable a un piloto automático, que debiese funcionar cuando todo lo demás falla denominado “tronco cerebral”.

¿Cómo poder entender mejor estos conceptos? Y para aquellos que miramos un poco más allá de los parámetros biomédicos ¿qué significa que el cantante tenga afectada esta zona del cerebro? Si fuera Cerati un familiar, me lo preguntaría, pero vaya que también hemos conocido otros casos similares al de él en el último tiempo.

Para comprenderlo mejor podríamos decir que la conciencia física tiene su expresión en el cerebro humano, pues es en su anatomía donde se pueden identificar claramente dos hemisferios: el derecho y el izquierdo. Los cuales se diferencian principalmente por las funciones que desempeña cada uno, la capacidad que moviliza y las responsabilidades que asume según la actividad principal que la persona desempeña, siendo predominante uno u otro hemisferio, aunque cada uno complementa armónicamente al otro.

Esta separación y complementariedad armónica de ambos hemisferios cerebrales, queda bien descrita por el profesor y filósofo humanista, Bob Samples, quien ofrece un ejercicio de imaginación para entenderlo:



«Supongamos por un momento que cada uno de nosotros tiene en la cabeza no sólo
un prado, sino dos. Dos prados claramente diferentes. Desde luego, como ambos
son prados, tienen algunas cualidades en común. Pero aún así existen diferencias
apreciables entre ellos. Para que queden bien separados, visualicemos un río
ancho y rápido que corre entre los dos. Eso es, un río que fluye de un
hemisferio al otro. Lo más asombroso de este río es que fluye en ambas
direcciones a la vez. La sustancia de un prado puede pasar instantáneamente al
otro. Sin embargo, en cuanto llega, se transforma adaptándose a la ecología del
nuevo prado»

Un mismo prado pero dividido en dos sub prados “distintos” pero complementarios, buena apreciación a un concepto difícil de comprender a simple vista. Pero también se trata de entender el significado de cada uno de estos hemisferios y sus funciones, para saber cuándo estamos manejando la dinámica de un prado y cuándo también se requiere potenciar o abocarnos concientemente al otro, para lograr la UNIDAD, concepto que es clave para comprender la dinámica salud/enfermedad.

Uno y otro, representan la parte de un todo armonioso que se manifiesta en funciones concretas y también simbólicas, porque no solo velan por el buen funcionamiento físico sino que también apuntan hacia aspectos psicológicos y espirituales que es preciso integrar.

El hemisferio izquierdo por ejemplo (el cual tiene comprometido Cerati) se denomina hemisferio práctico y es eminentemente verbal y matemático, puesto que es el encargado de la lógica y el lenguaje, de nuestra facultad de lecto-escritura, de cálculo y numeración.

El izquierdo está principalmente avocado a los asuntos de tiempo, siendo estricto en la valoración racional de los asuntos a los cuales nos avocamos. Con este hemisferio somos capaces de interpretar el entorno, permitiéndonos analizar nuestra capacidad de actuación a corto plazo, en la inmediatez que nos brinda el tiempo disponible.

A nivel físico el hemisferio izquierdo gobierna el lado derecho de nuestro cuerpo, la utilización de la mano derecha y la inteligencia racional. Según la filosofía china, el hemisferio izquierdo es Yang, es decir, masculino, el polo positivo que se vincula con la luminosidad del día y la vida que se manifiesta en vigilia, por tanto todas las actividades racionales que realizamos de día están siendo facultadas por esta zona cerebral.

Por otro lado, el hemisferio derecho permite a su vez la capacidad de visión en conjunto, evaluando la totalidad a través de la visión en pequeñas partes. Representa la inteligencia emocional. La razón del corazón, las intuiciones sobre el camino correcto. Es también el prado generador de los sueños, pues su gran motor resulta ser la imaginación, por cierto muy ligado al arte y al mundo artístico en general, como la música, la pintura o la poesía, entre otras expresiones.

De acuerdo a la filosofía china, el hemisferio derecho es Yin, femenino, negativo y se encuentra vinculado en general al mundo que se desenvuelve en la noche, al inconciente que se manifiesta durante el sueño, siendo en la pasividad del mundo racional, donde se expresa todo su potencial, aunque la creatividad, las “ideas brillantes” y la inspiración que podemos recibir durante el día también están siendo emanadas desde este plano de la conciencia, entre otros muchos elementos.

El ser humano y otros seres vivos experimentan de manera clara esta interesante polaridad que no solo está representada en estos dos hemisferios cerebrales que son complementarios y claves en nuestra vida, sino que en otros pares de polos igualmente importantes: vivimos por un lado separados por estados de conciencia donde se experimenta por un lado una presencia diurna (la vida) y otra nocturna (similar a la muerte) dada a su vez al interior de polaridad día-noche, pero durante los cuales de igual forma se mantiene un continuo, en constante movimiento comunicados por aquel río central del cual hablaba Samples.

De alguna manera todo lo que existe presenta dos pares de fuerzas fundamentales aparentemente opuestas y complementarias, que se encuentran en todas las cosas y elementos del Universo (siendo esta última hipótesis central en la filosofía china y el Taoísmo). Un patrón más o menos similar que permite una armonía básica para la subsistencia de todas las cosas y el crecimiento de todo lo que es a nuestro alrededor. Por ejemplo: el par luz/oscuridad, día/noche, bien/mal, sonido/silencio, calor/frío, movimiento/quietud, vida/muerte, masculino/femenino, entre otros.

Cuando nos estancamos en un asunto o no “fluimos” en él, se rompe una dinámica que estaba presente, se produce un malestar, una sensación de incomodidad sobre algo que no está bien, lo que de mantenerse invariable en el tiempo sienta las bases para la aparición de enfermedades en el cuerpo, la mente o en ambas, pero también la ocurrencia de situaciones de emergencia a nivel de salud.

Se sabe que la enfermedad del cuerpo casi siempre acusa antes síntomas psicológicos y emocionales predecesores, a veces por bastante tiempo previo a la emergencia de salud física en la cual desemboca o se “resuelve”. Nos sentimos poco integrados “fisurados” en algún nivel, y esto puede ser fácilmente evidenciable en algunos aspectos de nuestra vida que representan un problema. Desde este punto vista “el cuerpo es el último que se enferma” por tratarse de materia mucho más densa que las emociones.

Decimos “esto no funciona” y cuando algo se encuentra estancado, se muere o enferma. Entonces las tradiciones más antiguas señalan que este malestar a veces sutil en primer término, debe ser integrado, llevado a la conciencia, comunicado y resuelto en la medida de nuestras posibilidades, para permitirnos de esta forma volver al centro, a la unidad que representa aquella sensación de bienestar que llamamos salud y lo cual no es otra cosa que equilibrio de pares en necesario movimiento.

La inteligencia presente en los dos prados o hemisferios cerebrales (el “racional” y el “emotivo” como popularmente se les conoce) habla de la necesaria comunicación e integración que debe existir en nosotros y en la flexibilidad personal como una cualidad importante a desarrollar. Como señalaba el Prof. Samples: permitir que el flujo de información pase de tiempo en tiempo a cada prado, facilitando la comunicación entre ambos, ayudándolos a crecer, al tiempo que cada uno aporta en su singularidad. Buen desafío.


+ Nota relacionada: "El accidente de Gustavo Cerati", Clarín.com

martes, 22 de junio de 2010

CONCIENCIA o “El Observador de todo lo que es”

Por Karina Olivares


La conciencia es el observador de todo lo que ocurre o el silencio que queda detrás de toda cosa hecha mientras estamos en vigilia, despiertos, haciendo lo que tenemos que hacer.

Para acceder a ella basta con realizar un simple ejercicio que consiste en acallar los pensamientos por un momento, ubicarse en una posición cómoda y observar qué ocurre en el nivel interno sin juzgar.

Casi todos lo hemos hecho en algún momento o tal vez algo parecido. Solo recuerden lo que sucede al ingresar y mantenerse en un lugar sagrado, por ejemplo, una iglesia o un lugar que les resulte especialmente espiritual fuera del contexto religioso. Al cabo de unos minutos algo en lo profundo se moviliza, abriéndonos paso al nivel del Alma que nos permite experimentar gratitud por lo que tenemos y compasión por otros, lo que finalmente alivia malestares y relaja emociones negativas.

Lo interesante de todo esto es que se puede acceder a la conciencia o nivel del Alma, sin intermediar necesariamente circunstancias especiales, porque solo basta la intención personal de hacerlo.

De igual manera cabe decir que algunas religiones señalan abiertamente que la práctica habitual de la meditación (sea esta trascendental, budista o cristiana, entre otras) sería un medio adecuado para acceder a este espacio de máxima apertura que algunos llaman comunión con Dios, una sensación de plenitud, alegría con mezcla de paz, entre otras tantas definiciones.

Dimensión donde ciertamente pueden encontrarse algunas respuestas a problemas de simple manejo cotidiano o de un nivel intermedio o más complejo (ejemplo: cómo proceder de la mejor manera, qué significa hacer lo mejor, cómo predecir daños o el mal menor en una situación de conflicto, qué camino tomar, etc.).

Pero este ejercicio podría tornarse algo difícil puesto que en todo momento la mente se encuentra avocada a los pensamientos, tareas del día, pendientes o elementos dispersos que provienen de los estímulos exteriores. A la mente podemos encontrarla ocupada en asuntos del pasado o bien, varios pasos adelante, en el futuro.

“Casi siempre” está en alguna de estas cosas o en todas estas circunstancias a la vez. Por eso a algunos simplemente se les hace difícil “lacearla” porque se les arranca como si se tratase de caballos salvajes. Parece que la cabeza y sus asuntos pendientes fuesen más rápido que nosotros mismos, dejándonos agotados al final del día.
La mente o si se quiere “la cabeza”, no descansa salvo en los momentos de sueño profundo, en que parcialmente perdemos la conciencia del aquí - ahora y sobre los asuntos del pasado o del futuro que le inquietan. De alguna manera caemos en la incertidumbre e ingresamos en otro nivel de información, otra carretera de pensamientos sobre los cuales no tenemos control.

Se sabe que mientras dormimos, el cuerpo y sus funciones asociadas descansan, pero los circuitos neurológicos siguen trabajando, haciendo limpieza de los contenidos diurnos, reciclando emociones, pensamientos persistentes del día y renovando la farmacia bioquímica que nos permite mantener un equilibrio más o menos adecuado.

Cabe decir que la calidad de las experiencias oníricas y del descanso alcanzado, se vinculan con la dinámica salud o enfermedad que estamos manifestando, las experiencias del día, los recuerdos o resabios de las relaciones que establecemos, el nivel de estrés emocional que manejamos y también el grado de preparación con el que llegamos a realizar el acto tan cotidiano de dormir y “descansar”.

Un sueño profundo y reparador –cuyo tiempo depende del bioritmo de cada uno- permite vivenciar otras realidades igualmente potentes en contenido y significados que también forman parte de la conciencia o Alma en aquel nivel profundo que siempre está observando todo lo que sucede.

De manera misteriosa y ubicada en un lugar que desconocemos, la conciencia maneja un switch, un interruptor ON/OFF que nos señala cuando la experiencia ha terminado, cuando debemos ingresar a otro nivel de información para estar alertas en otro nivel de juego. ¿Dónde está ese interruptor? ¿Quién lo maneja? ¿Cómo se genera en nuestro nivel interno la capacidad de observación sobre las experiencias?

A la capacidad de mirar sin mirar o de estar presentes en un nivel que trasciende los sentidos tradicionales se le denomina conciencia, un testigo silencioso que nos ha acompañado a lo largo de toda nuestra vida, que trasciende los años, que avanza en edad pero que no envejece con el cuerpo en esta especie de viaje que resulta ser la vida.

A la conciencia se le llama también el Observador de todo lo que es en el tiempo siempre presente. El observador, la conciencia, toma parte de los asuntos del día y de las preocupaciones, pero trasciende a todos esos asuntos. Conoce los ritmos y los regula. El observador no se involucra emocionalmente como lo hace la mente o el cuerpo, y es quien en algún momento dado, nos entrega soluciones integrales a los asuntos que podrían potencialmente enfermarnos o causarnos problemas, acusando la sobrecarga de estrés o “avisándonos” que algo hay que modificar en el sistema de vida que estamos llevando.

En cierto punto, acceder al espacio de conciencia donde se es uno con todo lo que es, nos ayuda a atravesar los avatares propios que implica el vivir insertos en un estilo de vida asociado a las grandes ciudades, donde algunas personas han optado o han sido llevadas a vivir como “desenchufadas” de lo que sucede o peor aún, ausentes de los acontecimientos que los atañen directamente, muchos de ellos manejando grandes niveles de agresividad o bien, con una pasividad abismante.

Una suerte de no querer estar, de ausentarse de los asuntos relevantes porque les resultan estresantes, amenazadores, porque la vida se percibe como un ciclo rutinario sin expectativas de cambio o porque simplemente atraviesan enfermedades del cuerpo o la mente que los abruman e inmovilizan. En este sistema de vida, puede ser que incluso conozcamos personas que manejan todas estas variables juntas.

Probablemente podamos hacer mucho por ellos y sin duda es importante hacerlo, partiendo desde ya por nosotros mismos. El acceder al nivel profundo del Alma favorece ver este mundo que conocemos desde un punto de vista algo más esperanzador, abriéndonos a una visión más rica e incluso más “mística” si se quiere.

Lo importante es entender que el mundo que conocemos en lo sensitivo (lo que podemos ver, tocar, escuchar) también tiene altos grados de la espiritualidad si queremos ingresar a ese campo. Basta encontrar o “tocar” las puertas adecuadas. Cada uno sabe cual es la puerta que toca y cual es la respuesta de recibe de esa puerta, con el paso de los años y a través del prisma de su propia experiencia.

La llave que abre la puerta conducente al Alma o conciencia en su estado puro, puede ser la meditación, pero también se accede a ella haciendo cosas buenas por los demás, bajando paulatinamente los niveles de agresión, atrayendo experiencias positivas, aprendiendo de los errores o cuidando con amor a otras personas. La actividad por cierto no importa, pero debe ser acompañada con grados de silencio tales que esta actividad permita escuchar y conectar “con todo lo que hay detrás de ello” es decir, la Conciencia.

Sea lo que sea que hagamos para trascender al nivel material de la “cabeza” y sus locos caballos salvajes será aportador y positivo. Simplemente hay que hacerlo.

martes, 15 de junio de 2010

Ahimsā

Por Karina Olivares


Esta palabra podría traducirse como “la ética del no daño” y forma parte de una potente doctrina asociada al hinduismo, que se hace conocida en occidente a través del Mahatma Gandhi, quien fuera a su vez, practicante activo de esta filosofía tanto en su vida personal como en sus planteamientos políticos y sociales.

Ahimsa es un camino o una forma recta de hacer las cosas, que permite asegurarse de no causar daño a los seres sensibles o que tengan capacidad de sentir, poniendo énfasis en el cuidado estricto del pensamiento, el habla y las acciones, considerando que tanto el pensamiento como las palabras pueden generar efectos adversos en nosotros mismos y el entorno.

Su simpleza se basa en la hipótesis de que nadie quiere hacer daño, causar dolor físico, moral o emocional en otros, al menos de forma conciente o premeditada. Dejando fuera las excepciones a la regla, en general, queremos hacer todo el bien que sea posible, especialmente si ello atañe la esfera de nuestros afectos, hacer lo que sea correcto o si se quiere, lo adecuado y esperable moralmente en cada situación.

De esta manera, Ahimsa propone seguir la naturaleza bondadosa que reside en cada uno de nosotros, ayudándonos a lograr la paz como parte de nuestras aspiraciones fundamentales, poniendo énfasis en la responsabilidad que nos atañe en nuestras circunstancias actuales, sean estas buenas o malas, de acuerdo a la ley universal de causa y efecto o lo que el cristianismo se conoce como la Ley de la siembra y cosecha.

Es interesante constatar como, la sentencia más conocida del Ahimsa, “Haz a los demás lo que quisieras que los demás te hicieran a ti” posee resonancia universal a través de ciertas indicaciones de orden ético-morales entregadas por otras creencias a lo largo de la historia:


“Por ende todo lo que querrías que los hombres te hicieran, hazlo tú a
ellos, pues tal es la Ley de los profetas” (Evangelio de San Marcos)

“No hagas a tu vecino lo que te resulte detestable. Eso es todo el
Torah” (Judaísmo)

“Lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a los demás”
(Confucio, China)

“Convierte en hábito dos cosas: ayudar o, como mínimo, no hacer daño”
(Hipócrates, Grecia)


No obstante estas sabias indicaciones, quizás seguimos haciendo sufrir. Probablemente más de lo que hubiésemos querido y en especial a nuestros seres queridos, puesto que el hecho de que otros sufran o se vean afectados por decisiones erradas (muchas de ellas inspiradas originalmente en un bien superior) sea quizás uno de los efectos más riesgosos que resulta de vivir y de relacionarnos con los demás.

Nadie hay que se haya liberado de una pena por mucho bien que hubiese deseado o haya pasado por la vida sin haber sido víctima de un abuso, una desgracia o de un maltrato infringido conciente o inconcientemente por otros; lo que los hindúes llaman el avidya, los efectos de la ignorancia ciega, el hacer daño a otros sin reparar en ello o sus consecuencias. Entonces podemos considerar esto como parte de la vida o parte de los resultados de decisiones personales que otros pueden tomar o seguir tomando bajo su propia ley de libre albedrío.

La clave para tomar “el recto camino” del Ahimsa podría considerar en primer lugar ser al menos concientes de nuestro potencial para hacer daño, utilizando el prisma de lo que ha sido nuestra experiencia anterior en cada uno de los casos y los resultados que hemos obtenido en cada una de ellas.

Ser concientes de nuestro “coeficiente potencial de daño” significa estar alertas a nuestra capacidad de pensar, decir o hacer cosas que perjudiquen a otros o a nosotros mismos, de acuerdo a lo que sabemos ya hemos hecho con anterioridad, ubicando causas comunes a similares consecuencias.

Lo mismo puede ser aplicado a nuestra habilidad para hacer el bien, considerando esto como todo aquello que reporte beneficios con arreglo a valores y que se sostenga a sí mismo como positivo y noble en el tiempo.

Gandhi decía que el Ahimsa, ética del no daño o la no violencia hacia la vida, requería una mente, una boca y unas manos pacíficas, con lo cual indicaba un camino, por cierto desafiante de construir relaciones humanas más efectivas, lo que muchas veces implica al fragor de una contienda dejarse ganar, al menos temporalmente para enseñar un camino distinto.
Decía sabiamente: “Primero ellos te ignoran, luego se ríen de ti, luego te hacen la pelea, y entonces, tú ganas” Bajo esta lógica y frente a un conflicto “ganar” no implica necesariamente vencer al enemigo con sus mismas armas o responder agresión con agresión en un mismo nivel de violencia. Significa utilizar armas alternativas vinculadas al silencio, la contemplación y la resistencia pacifica frente a la agresión externa o las presiones interiores-psicológicas por responder beligerantemente.

Pueda ser que esta forma de hacer las cosas sea difícil de aplicar en una ciudad tan convulsionada como Santiago, donde se pierde el control con demasiada facilidad en lo relativo a las relaciones humanas, donde también se olvidan ciertas normas éticas y morales de convivencia simplemente porque “Nadie” las enseñó en el colegio o en las familias.

Pero bien vale hacer el esfuerzo de ir contra la corriente y detenerse a pensar cómo es que los sabios han resuelto estos problemas de manera de no generar más caos en el caos y hacer algo más de lo que todos queremos y aspiramos, un poco de paz y buena vida.

martes, 25 de mayo de 2010

CRUZAR LAS GRANDES AGUAS

Por Karina Olivares


Hace años me perturbó una enorme tristeza.
Aquella escena de mi vida fue extensa: “sufrí” en mayor o menor intensidad por casi una década.
En aquel tiempo, hecho de oscuro oleaje e incertidumbre, me enfrenté cara a cara con el abandono, el miedo y la ira. Alguien a quien yo amaba mucho me había dejado, siendo yo quizás, demasiado joven para ello.

No solo había muerto aquella persona sino que también con ella, todo el universo de construcciones simbólicas que eran parte de nuestra vida en común. Una vida en común que por cierto añoré y busqué inútilmente en diversos lugares y personas durante varios años.

Un día el cansancio me venció y entonces descubrí que si bien no la tenía más a mi lado, había crecido en torno a su figura un nuevo sentido que podía reconstruir ese universo interior que teníamos y que creí también, había muerto con ella.

Este último párrafo es sin duda, la esencia de lo que yo llamo finalizar un duelo y seguir adelante con la vida. Pero, para llegar a comprender esto pueden pasar años, de hecho “hacer el duelo” tarda un lapso de tiempo que nadie puede escatimar de manera acertada.

Y esto ocurre porque la muerte es y seguirá siendo uno de los grandes misterios de la existencia humana. Lejos el más doloroso. Del que menos se quiere hablar, al que todos “le hacen el quite”, tema ingrato e inoportuno, para el que nadie está preparado, ni nadie quiere prepararse estando en su sano juicio.

Esta postura occidental para entender “o desentenderse” de este proceso tan estrechamente vinculado a la vida, se contrapone radicalmente con lo que otras tradiciones muestran en torno a la muerte.

Mientras que en la religión católica –el consuelo más utilizado- se trata de un proceso que permite la reunión final con Dios (“Se ha ido con Dios” , “Ahora está en los brazos del Señor”, “Le han sido perdonados todos sus pecados y ha resucitado en la Gloria del Señor”, entre otras frases explicativas) para las tradiciones orientales, la muerte es un proceso natural que da paso al fortalecimiento del espíritu que busca forjarse en aprendizaje, utilizando como medio el cuerpo de una o más vidas, si es preciso.

En cierto modo, la muerte, para las tradiciones más antiguas, hace posible la vida en el más amplio sentido de la palabra. Para entender esto, podríamos hacer un simple ejercicio de observar antiguas fotografías que nos muestran en diversas épocas de nuestro desarrollo. Cabe preguntarse ¿de ese niño de 5 años que yo era hace 30, qué queda hoy? ¿Qué queda hoy de lo que fui hace décadas atrás?

Si el cuerpo de ese niño ha desaparecido y no hay rastro de él salvo la fotografía que atesoramos, la respuesta podría ser: Ha quedado la experiencia, o la “chispa” contenida en el Alma, aquella que permanece cuando todo lo demás –léase células- ha desaparecido.

Todo ha “muerto” para dar paso a lo nuevo, de otra manera no sería posible avanzar. Todo está en este momento, mutando y “muriendo” para dar paso a una nueva configuración y esa nueva figura ciertamente aumenta la “experiencia”.

En la muerte física muere el cuerpo sin duda alguna –o nos hacemos dolorosamente concientes de ello-, mas no la experiencia acumulada. Siendo energía pura, materia sutil, esta se transforma y eleva hacia un nuevo potencial, quizás para “quedarse con Dios” o “dormir eternamente en su gracia” como dicta el catolicismo o tal vez para “seguir avanzando” hacia otro estadio de desarrollo donde no se precisa del vehiculo corporal.

Se ha escrito mucho acerca de la muerte y el duelo, sin embargo aquello no disminuye en nada los efectos devastadores que esto genera en nuestra vida. Es una experiencia profundamente humana.

En “La semilla de mostaza” Osho rescata una antigua historia que relata la solicitud de una desesperada mujer que recientemente había perdido a su único hijo, le pedía a un Maestro que lo retornase a la vida. El guía le contesta: “te devolveré a tu hijo solo si antes me traes una semilla de mostaza proveniente de la casa donde nunca haya muerto nadie”.

La mujer no encontró la semilla ni menos aún, una familia con tales características. Con esta enseñanza la mujer comprendió que la muerte es una experiencia por la cual todos debemos pasar, y que nadie se libera de ella por triste o inoportuna que sea, porque simplemente es parte de la vida.

En el morir lo hacen también los anhelos de lo que quisimos ser, mueren proyectos y expectativas. Se dice que quien llora lo hace por si mismo y no tanto por quien se ha marchado, a quien al menos se le ha revelado parte del misterio del “qué hay al otro lado” afortunados ellos porque “ya no sufrieron más”. Se llora por la orfandad, los momentos que se fueron y no volverán, por la incertidumbre.

Este último punto, el vacío, puede hacer posible (si el proceso es bien llevado) el florecimiento de una comprensión más rica del proceso mismo del vivir. El ser humano le teme al vacío y por eso le teme tanto a la muerte.

No se trata de escarbar en el proceso o dejar que “el tiempo lo cure todo”, sino en establecer una contemplación más rica y profunda que lleva sin duda alguna hacia la valoración de lo único que tenemos: el momento presente.

El pasado ya pasó, los que han muerto dejaron sin duda alguna sus obras que los trascienden en el tiempo, el Amor, una extensión de sus vidas, buenos y malos momentos, en fin. El futuro simplemente es algo incierto, imposible será construir algo acarreando ideas de lo que será el futuro, intentar atraerlo y vivir pensando en él.

La vida es un constante presente, un flujo de permanente energía en movimiento, lo que los sabios llaman el AHORA. Entonces:

- Ahora podríamos sentirnos felices con lo que hemos alcanzado. Es la finalización, la obra completa, no algo que sucederá en el futuro que puede ser incierto y por cierto, lo será.

- Ahora podríamos contemplar un atardecer sin traer a la mente las viejas rencillas del pasado, revisitadas con la emoción re-masticada (ira, rencor, envidia) y que habría que lanzar lejos para seguir más livianos.

- Ahora podríamos recordar “sin penita” en los que se fueron: ellos también tuvieron planes, construyeron familia, también amaron con mayor o menor intensidad la vida, tampoco quisieron irse y se fueron igual, muchos de ellos con la sensación de insatisfacción por no haber disfrutando más ese presente que se les clarifico justo al final del camino.

- Ahora podríamos tomar decisiones; reír más; ocuparnos de nuestra salud; reunirnos con amigos, darnos un día libre y no darle tanta vuelta a los asuntos.



Los sabios indios americanos llamaron bellamente a la muerte “Cruzar las grandes aguas”. Pueda ser que se trate en parte de eso, de un gran paso, un gran cruce que hay que hacer con valentía y con la fe que ayuda sea cual sea la religión y filosofía que se siga (porque es mejor tenerla que no tenerla)

Es un paso, tanto para los que están en ese trance como para los que “quedan” con la sensación de estar perdiendo el piso. Para ambos, se trata del siempre presente cambio, el que hace posible la vida y el florecimiento continuo de todo lo que existe.



Recomendados:

- El Libro de los Secretos, del autor Deepak Chopra.
- Mas Platón y menos Prozac, de Lou Marinoff
- Instantes, poema de Jorge Luis Borges

miércoles, 12 de mayo de 2010

POST 27-F

Por Karina Olivares


Convengamos en que algo sigue sucediendo tras nuestro particular terremoto y tsunami del 27 de Febrero pasado. Un movimiento sostenido, de origen subterráneo, que inconcluso aún se sigue manifestando insistente en cada uno de nosotros.

Podría llamarlo CAMBIO. De tendencia ascendente y circular lleva ya varios meses instalado con fuerza en nuestras vidas y para muchos ha dejado una estela de destrucción sobre todo lo que conocían como “cierto”, “verdadero” o “seguro”.

El síndrome Post 27-F, ha afectado esferas tan importantes como las que nombro a continuación: las RELACIONES –con quien estoy, con quien quiero seguir de aquí en adelante, “rompimientos”-, FORMAS DE VIDA –cambio de sentido de la propia existencia, emergen nuevas creatividades, un nuevo sentido del yo- los INTERESES -se transparentan las vocaciones y/o abandonan antiguos quehaceres -, ESTABILIDAD EMOCIONAL –aparición de síntomas psicológicos como angustia, afecciones físicas asociadas a depresión, ansiedad, trastornos post-traumaticos, entre otros.

Porque a la humedad y el frío reinantes tras el abrupto final de verano, se suman ahora los efectos de esta especie de saco sin fondo donde deposito todo lo anterior, la incertidumbre. Una gran incertidumbre social pero principalmente personal, un no saber para donde vamos o de qué sirvió lo que hicimos antes. Algo a lo cual por cierto le teme demasiada gente.

Se trata de un re-planteo desde los orígenes sin conocer del todo los resultados que obtendremos tras este movimiento que sobrevino de manera inesperada, pero que en cierto nivel “necesitábamos” –frase que he escuchado de manera insistente por boca de mis conocidos- para corregir algún aspecto bloqueado al entendimiento, quizás por años o décadas.

Al parecer la oportunidad de haber cambiado siguiendo un curso natural, ya no está más a nuestra disposición, como antes lo estuvo en aquellos días que surcaban felices nuestro cielo azulado. Sin habernos percatado, se esfumó la oportunidad para que se asentase el accidente y la crisis.

Este periodo de cambio es sin duda un evento sin precedentes, que nos atraviesa y moviliza para hacernos penetrar de manera forzada en lo desconocido. Evidentemente lo "necesitabamos" y estabamos en algún nivel interno, preparados para eso.

Como nunca antes en nuestra historia, tenemos acceso a ciertos archivos que se encontraban muy bien enterrados. Archivos históricos, colectivos, familiares y de nuestra propia persona emergieron de manera abrupta y aquí están todavía, expuestos a nuestro conocimiento y necesario análisis.
La tierra, prodigiosa ella, ha liberado cierta energía que permanecía oculta en nuestras cabezas y en los archivos del ADN que configura nuestro cuerpo y sus reacciones más básicas. Y esto sucede porque después de haber estado expuestos a un movimiento en este grado e intensidad, ninguna de nuestras estructuras queda intacta. Ni debiera.

Todo se moviliza hasta volver a su centro original. Un centro al cual se vuelve con algo de filosofía o preguntando a los que saben, como era que antes, “antes” que todo fuera resuelto con medicamentos, se accedía a las respuestas apropiadas para hacer frente a los procesos insidiosos del cambio.

Pero para que esto haya sucedido, debió haber existido antes quizás, cierta desidia en los días, un pasar por pasar, un estar por estar no más. Dejo de estancamiento e incapacidad para entender que necesitábamos verdaderamente un cambio. Ese que se manifiesta casi siempre en una llamada imperiosa de “andar más livianos” desprenderse de ciertos aspéctos, algunas relaciones que antes funcionaron “pero que ahora ya no”, de nuestra propia forma de ser. En fin.

Al parecer, desoímos también que este cambio había que implementarlo “ya”, a la brevedad posible, antes que la Tierra nos obligara a cambiar con ella. Nos desoímos porque entre otras virtudes, hemos perdido la agudeza auditiva en medio de la maraña de ruidos estridentes donde construimos nuestra vida, nuestros trabajos, las relaciones humanas.

Por cierto cabe decir que la virtud de "agudeza auditiva" tiene su centro en el corazón y sus palpitos, ¿escucharon antes sus "corazonadas"?.

Comento esto porque como nunca antes me había enfrentado a esta casi necesidad colectiva de conocer y entender qué sucede o cómo se puede volver a rearmar la vida después de un evento de esta envergadura. Lamentable o afortunadamente, nadie, salvo uno mismo en su fuero interno sabe como se re-arma la vida desarticulada o venida a menos por eventos externos o gestados desde el mismo centro personal o por acciones que dejaron huellas que se quieren borrar hoy con el codo.

Pueda ser que, en medio de esta crisis social, algún ingenioso encuentre acertado reponer en los colegios las clases de filosofía que nos dieron por última vez en la década del noventa. Como nunca antes necesitamos volver a formular las preguntas vitales, desmenuzar las respuestas, contrastarlas con la solidez de los antiguos filósofos que llenaron de esperanza o perdición alguna duditativa vida juvenil.

En medio de la polvoreda que dejó en las conciencias el terremoto de Febrero, aún encuentro ciertos claros que me permiten deciros que, como versa aquella historia hindú “Esto también pasará” mensaje que contenía el anillo del Rey que solicitó a sus sabios idear una frase que lo ayudara a ver con altura de miras tanto los momentos felices como los más nefastos y turbulentos.

Buena frase para repetir en días complejos y donde lo unico seguro es el cambio. ESTO TAMBIEN PASARÁ.

Pasará la incertidumbre, para dejarnos algo más de claridad en el camino.
Pasará también este tiempo (que sigue siendo muy breve) para implementar los cambios que se necesitan de manera urgente, en todas las áreas de nuestra vida.

Pasará la sensación de pérdida, de orfandad en algunos muchos que conocemos.

Pasará a su vez, la breve fracción de felicidad hecha de los ilusorios materiales externos. Porque la vida está en constante cambio y no hemos venido aquí a quedarnos con nada, salvo con la sabiduría del momento.

Pasará –tal vez no- este segundo en que me pregunto, dónde están mis viejos-hippies-profesores de filosofía. Se los extraña como nunca antes.

lunes, 5 de abril de 2010

NO TE SALVES (de M. BENEDETTI)



No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora ni nunca no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo sólo
un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.

Pero si pese a todo no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.